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El lago Kivu, en África, acumula gases letales y científicos lo llaman "bomba de tiempo natural". Un proyecto busca extraer metano para evitar una catástrofe.

Dos millones de personas viven cerca del lago Kivu, en la frontera entre Ruanda y la República Democrática del Congo. Los científicos lo describen como una "bomba natural de tiempo" que podría liberar gases mortales en cualquier momento. El lago, de 480 metros de profundidad y una superficie de 2.700 kilómetros cuadrados, acumula enormes cantidades de dióxido de carbono y metano en sus capas más profundas.
La amenaza no es teórica. En 1986, una catástrofe similar ocurrió en el lago Nyos, en Camerún. En una sola noche, 1.800 personas murieron, junto con innumerables animales y aves. No hubo guerra ni epidemia: el lago liberó una nube de dióxido de carbono que, al ser más pesada que el aire, se extendió por los valles y desplazó el oxígeno. Las víctimas se asfixiaron sin tiempo para reaccionar.
Ese fenómeno, conocido como erupción límnica, ocurre cuando los gases disueltos en las profundidades de un lago emergen de forma violenta. Tras la tragedia de Nyos, los científicos trabajaron para mantener el gas en el fondo. No fue hasta 2016 cuando lograron reducir significativamente el riesgo en ese lago.
El lago Kivu es considerado el "hermano mayor" de Nyos, pero su peligro es mucho mayor. Se encuentra en una zona de intensa actividad tectónica. En sus profundidades se han acumulado 256 kilómetros cúbicos de dióxido de carbono y 65 kilómetros cúbicos de metano. El dióxido de carbono no arde, pero desplaza el oxígeno; si una cantidad tan masiva emergiera, cubriría pueblos enteros como ocurrió en Camerún. El metano, por su parte, puede arder en contacto con el oxígeno y provocar una explosión devastadora, dejando sin aire a toda la región.
Desde el año 2000, los científicos ejecutan el proyecto KivuWatt para evitar el desastre. El proceso consiste en:
Este método funciona como si se "desactivara" una bomba natural al vaciar su carga. El proyecto ya suministra energía a la población local y reduce gradualmente la presión de los gases en el fondo. Sin embargo, no resuelve el problema por completo. Los científicos continúan monitoreando el lago, estudiando su comportamiento y desarrollando sistemas de alerta temprana.



