Cultura y sociedad
Expertos advierten que el temor a demandas y daños reputacionales protege a una minoría de profesionales sanitarios que cometen delitos graves contra pacientes.

La aprensión ante litigios, la pérdida de prestigio y las consecuencias laborales generan un escudo protector alrededor de una pequeña fracción de facultativos que perpetran crímenes serios contra sus pacientes. Así lo alertan especialistas en el ámbito sanitario, quienes señalan que esta dinámica institucional dificulta la detección temprana de conductas delictivas dentro de los centros de salud.
El análisis de casos globales destacados de negligencia médica, fraude, homicidio involuntario, abuso sexual y asesinato revela un hilo conductor común: fallos sistémicos que permiten a estos criminales permanecer ocultos durante largos periodos. La obra Doctors and Their Crimes: Hiding Behind the White Coat, escrita por la baronesa Clare Gerada y Zaid Al-Najjar, ambos médicos generales con amplia experiencia, examina cómo estas estructuras defectuosas facilitan la impunidad.
Gerada y Al-Najjar explican que el miedo es el arma utilizada eficazmente por los sujetos analizados en su libro. "Es una cultura del miedo en la atención sanitaria la que debemos trabajar para desmantelar", afirman los autores. Según su perspectiva, comprender la naturaleza de estos actos criminales resulta fundamental para apoyar mejor a las víctimas y mejorar los sistemas de detección y denuncia de malas prácticas.
En Reino Unido, menos del 0,5% de los médicos tiene antecedentes penales, una cifra significativamente inferior al aproximadamente 16% registrado en la población general. No obstante, cuando los profesionales de la medicina cometen delitos, los efectos son devastadores debido a su posición única de confianza y acceso privilegiado a los pacientes vulnerables.
Datos históricos ilustran la magnitud del problema. Entre 1970 y 2006, noventa trabajadores sanitarios en veinte países fueron procesados como asesinos en serie, vinculados a 2.113 muertes sospechosas. El hecho de que muchos evadieran la sospecha durante décadas ha impulsado interrogantes sobre por qué las instituciones fracasaron repetidamente al intentar detenerlos.
El estudio revela un patrón recurrente donde médicos problemáticos se mueven rutinariamente entre hospitales, regiones y naciones para evitar ser detectados. Con frecuencia, estos profesionales abandonan sus puestos con referencias brillantes de empleadores ansiosos por librarse de ellos, creando un sistema que simplemente exporta el riesgo a otras jurisdicciones.
"Al reflexionar sobre los casos, vemos que las señales de alerta solían ser evidentes: patrones de quejas, comportamientos inusuales y resultados deficientes eran frecuentemente ignorados o minimizados", detallan los autores. La noción misma de que un doctor pudiera actuar de esa manera resultaba impensable para muchos, lo que permitía a los perpetradores operar sin control.
Investigaciones citadas indican que solo dos tercios de los médicos con conocimiento directo de un colega incapacitado o incompetente reportaron sus preocupaciones. Casi el 12% atribuyó su silencio al temor de represalias o a la creencia de que nada ocurriría como resultado de su denuncia.
Harold Shipman, el asesino en serie más prolífico de Gran Bretaña, mató a un estimado de 215 pacientes. Michael Swango envenenó a enfermos y colegas en múltiples hospitales estadounidenses. Gerada y Al-Najjar sostienen que ambos explotaron las mismas vulnerabilidades sistémicas: deferencia institucional hacia la autoridad médica, reticencia a investigar a colegas senior y una cultura que priorizaba la reputación sobre la seguridad del paciente.
"Los sistemas jerárquicos y paternalistas implican que desafiar a un colega senior podría verse como el suicidio profesional", explica Gerada. El silencio, motivado por el miedo, la lealtad o la indefensión aprendida, puede sostener el daño durante muchos años. Cuando los denunciantes son enfermeras, a menudo son ignoradas, agravando la disparidad profesional debido al desequilibrio de género.
Los autores identifican rasgos psicológicos que impulsan el comportamiento criminal, incluyendo complejos de héroe y narcisismo, los cuales pueden amplificarse en entornos médicos. Aclaran que las instituciones no causan estos rasgos, pero restricciones más estrictas podrían exponerlos antes.
Gerada y Al-Najjar sugieren que las reformas sistémicas son posibles y muchas ya están en marcha. Tras el caso Shipman, por ejemplo, la supervisión de drogas controladas y la investigación de muertes se reformaron profundamente en Reino Unido. Los registros electrónicos actuales mantienen pistas de auditoría más difíciles de falsificar.
"La mayoría de los sistemas clínicos permiten rastrear medicamentos, facilitando la detección de patrones de prescripción inusuales comparados con años anteriores", señalan. Los reguladores actúan con mayor prontitud y el intercambio de datos entre agencias y fronteras internacionales ha mejorado. Políticas de denuncia y la figura del Guardian de la Libertad de Expresión en Inglaterra reflejan una conciencia creciente de que el silencio habilita el daño.
Sin embargo, nuevas vulnerabilidades emergen constantemente. "La telemedicina, acelerada por la pandemia, amplió el acceso pero también introdujo nuevos riesgos de prescripción inapropiada o explotación", advierten los expertos. La globalización de la atención sanitaria facilita que médicos deshonestos se muevan entre jurisdicciones, mientras que la tasa de innovación médica supera continuamente a los sistemas regulatorios.
Prevenir estos crímenes requiere más que políticas perfectas, ya que los cerebros criminales casi siempre encuentran formas de eludir los controles. Se trata de fomentar una cultura de responsabilidad, transparencia, valentía y escucha real a los pacientes. Los autores concluyen que las cualidades que hacen de la medicina una profesión noble —su intimidad, autoridad y promesa de curación— pueden convertirse, bajo ciertas circunstancias, en las condiciones que causan daño.



