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Cultura y sociedad

La vigilancia digital y el riesgo de inferir salud mental

Los algoritmos detectan patrones de salud mental en datos digitales, planteando dudas sobre quién interpreta estos indicios y cómo proteger la privacidad frente a inferencias no consentidas.

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La vigilancia digital y el riesgo de inferir salud mental
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Casi ochenta años después de que George Orwell publicara su novela distópica, donde imaginaba un gobierno controlador que monitoreaba constantemente a sus ciudadanos e imponía torturas personalizadas a los inconformistas, surge una nueva amenaza para la privacidad. El autor situó ese futuro aterrador en 1984, apenas tres décadas después de escribir el libro. Su vivencia de la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, con sus horrores y bombas atómicas, moldeó esa visión de un Estado opresivo.

Aunque es común analizar la psicología de los autores famosos, como hizo el productor de Disney Don Hahn al vincular la muerte de la madre de Walt Disney con temas recurrentes en las películas, la mayoría de las personas no están bajo escrutinio público. Sin embargo, hoy enfrentamos un peligro distinto: las migajas digitales que dejamos en redes sociales y chatbots de inteligencia artificial. Esto afecta a jóvenes y mayores por igual, cruzando fronteras culturales.

Detección algorítmica de trastornos

Muchos usuarios aceptan que los algoritmos rastren sus preferencias para mostrar anuncios personalizados, viendo esto como una ventaja similar a tener un comprador privado. Pero la situación cambia cuando las máquinas intentan diagnosticar la salud mental. Investigadores han desarrollado sistemas de aprendizaje automático capaces de identificar signos asociados a condiciones psicológicas mediante la actividad digital durante años.

Un estudio sistemático de 2025 realizado por Rizaldi et al. analizó 40 investigaciones que usaban procesamiento de lenguaje natural y aprendizaje automático para detectar depresión, ansiedad, estrés, trastorno de estrés postraumático (TEPT), ideación suicida, trastornos alimentarios y obsesivo-compulsivo. Los datos provenían de publicaciones en redes sociales. Los autores señalaron problemas persistentes relacionados con la validación, el etiquetado y la generalización entre diferentes poblaciones y plataformas.

Riesgos versus diagnósticos clínicos

Una revisión más reciente de He et al., publicada en 2026, examinó 136 estudios desde 2021 hasta enero de 2026. Esta investigación concluyó que la mayoría de los trabajos identificaban riesgos basados en proxies, no diagnósticos clínicos. Es decir, se detectaban patrones de riesgo, pero no confirmaciones médicas. Un clínico capacitado puede considerar el contexto, la historia y la cultura del paciente, además de preguntar directamente qué está ocurriendo en su vida.

El comportamiento humano no ocurre en el vacío; el entorno influye en lo que decimos y cómo nos presentamos, incluso en selfies cada vez más normalizadas. Un algoritmo podría identificar un patrón sin comprender el sistema vital más amplio que lo moldea. El problema surge cuando los datos de patrón se tratan como la totalidad de la experiencia humana.

Límites de la privacidad digital

Surgen interrogantes críticos: ¿quién accede a esta información? ¿Qué riesgos enfrenta una persona marcada como de alto riesgo para su salud mental? ¿Qué sucede si un algoritmo infiere un problema que el individuo nunca reveló, buscó tratamiento o ni siquiera reconoció? La protección legal es incierta cuando la información no es un diagnóstico formal ni algo revelado conscientemente.

La cuestión fundamental radica en dónde debe trazarse la línea entre lo que revelamos y lo que otros tienen permitido inferir. Al igual que aprendemos límites en relaciones difíciles o entre trabajo y descanso, la tecnología borra progresivamente las fronteras entre lo público y lo privado. Ya no solo se trata de proteger lo que elegimos mantener oculto, sino de resguardar el límite alrededor de lo que otros pueden deducir sobre nosotros.

Orwell imaginó una vigilancia impuesta por instituciones poderosas. Probablemente no previó que miles de millones de personas pagarían voluntariamente por ser vigiladas a través de smartphones, catalogando sus actividades diarias y compartiendo momentos íntimos con máquinas que las rastrean e influyen en ellas. Hoy, nuestras huellas digitales permiten a los sistemas inferir cosas que nunca divulgamos conscientemente.

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