Cultura y sociedad
Expertas en salud mental advierten que preguntas como "¿por qué no denunció?" culpabilizan a las víctimas y obstaculizan la recuperación del trauma.

Las conversaciones actuales sobre agresión sexual revelan expectativas erróneas hacia quienes han sufrido trauma. Cuando un caso se hace público, surgen opiniones divergentes y conceptos equivocados sobre cómo las víctimas procesan lo ocurrido. Stacey R Pinatelli, psicóloga clínica y sobreviviente de abuso infantil, señala que ciertas interrogantes habituales intensifican el dolor y generan una sensación de responsabilidad injusta en los afectados.
El entendimiento pleno de lo vivido puede tardar años, especialmente si el agresor era una figura de confianza. Preguntas recurrentes como "¿Por qué no avisaste?", "¿Por qué seguiste hablando con quien te hizo daño?" o "¿Por qué no huiste ni te defendiste?" aparecen tanto en el discurso social como en la autocrítica de las propias víctimas. Estas formulaciones, aunque a veces bienintencionadas, obligan al superviviente a defenderse cuando ya ha mostrado extrema valentía al hablar.
El caso clínico ilustrativo de "Sarah" —nombre ficticio basado en experiencias reales— demuestra esta dinámica. Tras ser agredida por alguien de confianza mientras bebía con amigos, Sarah experimentó una profunda confusión y autoinculpación. Se preguntaba si haber consumido alcohol impedía detener la agresión y temía que nadie creería su relato. La ansiedad ante la posibilidad de denunciar le provocaba ataques de pánico, manteniéndola en silencio.
Sarah intentó mantener su rutina laboral y social, actuando con normalidad incluso en eventos donde estaba presente su agresor. Describió esos momentos como entrar en una habitación sintiéndose vacía por dentro, pero consciente de que cualquier desviación del comportamiento habitual delataría su estado interno. Esta actuación no niega la agresión; refleja el miedo al rechazo y la dificultad para confrontar múltiples temores simultáneamente.
Cuando Sarah finalmente compartió su experiencia con una amiga del grupo, enfrentó la invalidación. El comentario recibido fue: "No fue violación. Creo que se arrepiente de haber dormido con él". Estas palabras minimizaron su vivencia, dejándola incomprendida y sola. Como consecuencia, rompió contacto con ese círculo social, aunque continuó sufriendo pesadillas, ansiedad y dificultades para confiar en otros, incluidos profesionales terapéuticos.
La reacción pública ante casos mediáticos repite este patrón cuestionador. Indagar por qué una víctima mantuvo comunicación con su agresor ignora los factores subyacentes: miedo, vergüenza, culpa y temor a no ser creída. Estos elementos actúan como barreras significativas para la divulgación del abuso, según estudios revisados por la autora.
En menores abusados, la falta de vocabulario y experiencia vital impide identificar el acto como abuso, aunque sientan miedo. Pinatelli relata su propia historia: dependía de adultos para distinguir lo seguro de lo peligroso. Cuando una persona de confianza la dañó, no comprendía por qué se sentía insegura en su propio cuerpo. Muchos supervivientes infantiles luchan por dar sentido a situaciones donde fueron vulnerados por figuras protectoras.
Al revelar su historia adulta, la primera pregunta recibida fue "¿Por qué no contaste antes?". Aunque parece razonable, esa interrogante transmitía juicio por la demora. La realidad es que procesar el evento y comprender que no merecían tal trato requiere tiempo. Adultos entrevistados por la especialista confirman que recordar hechos no equivale a entender sus emociones infantiles hasta aceptar la naturaleza abusiva de lo vivido.
La sociedad ofrece naturalmente comprensión a los niños, reconociendo que nunca son responsables. Los supervivientes de agresión sexual requieren ese mismo entendimiento. Esto comienza modificando las preguntas dirigidas a ellos y otorgando espacio para procesar la experiencia. En lugar de exigir justificaciones por el silencio, la aproximación adecuada indaga: "¿Qué hizo tan difícil hablar?".
Las referencias académicas citadas incluyen trabajos de Wieberneit et al. (2024) sobre barreras para reportar agresiones, Alaggia et al. (2019) sobre divulgación en abuso infantil, Halvorsen et al. (2020) sobre perspectivas de primera persona, y Schaeffer et al. (2011) sobre aprendizaje mediante indagación directa.



