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¿Es la Generación Z la "más tonta" de la historia?

Un análisis de datos globales muestra un descenso en habilidades cognitivas clave entre los jóvenes, pero la ciencia advierte contra las generalizaciones biológicas.

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¿Es la Generación Z la "más tonta" de la historia?
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Una noche fría de enero de 2018 en Oslo. El investigador Ole Rogeberg cruza las calles amplias hacia el Centro de Investigación Económica Ragnar Frisch. Abre con entusiasmo la puerta de su colega Bernt Bratsberg y anuncia que el análisis ha terminado. Con ojos brillantes, Bratsberg comprende que los resultados son positivos y confirman lo que ambos esperaban: están listos para lanzar un nuevo martillo contra la comunidad científica, afirmando que los jóvenes del mundo se mueven hacia la "estupidez".

Para empezar, es crucial aclarar un punto: la idea de que existe una diferencia "biológica" entre generaciones —como decir que una generación es más inteligente que otra por su composición cerebral— es completamente errónea. El lapso temporal entre una generación y la siguiente no permite cambios tan evidentes a nivel biológico. Sin embargo, el contexto sí deja su huella: desde la política y la economía hasta la educación y la salud. Esto lleva a algunos a observar que tal o cual generación es "diferente" de alguna manera.

Por ejemplo, hoy se habla de la mayor capacidad de la Generación Z para la independencia, la revolución y el desafío a la autoridad, vinculada a un mundo digital donde las instituciones tradicionales no tienen el mismo "poder" que en la calle. Pero, ¿no fue la generación del milenio la que impulsó las revoluciones de la Primavera Árabe cuando era joven? Muchos de los juicios actuales sobre la Generación Z quizás no se deben a que sea intrínsecamente diferente, sino a que la observamos en su etapa natural de rebelión política y social, que suele abarcar desde el final de la adolescencia hasta mediados de los veinte, en un momento histórico concreto y con herramientas digitales más maduras.

Datos que cuestionan el mito

En los últimos años, un titular recurrente en los medios afirma que la Generación Z —nacidos aproximadamente entre 1997 y 2012, criados con internet, teléfonos inteligentes y redes sociales desde la infancia— es la menos inteligente de la historia. La evidencia científica no respalda tal simplificación, pero apunta a algo más sutil y digno de reflexión: desde los años 90 y principios de los 2000, varios países muestran señales de un declive en los resultados de pruebas de "capacidades cognitivas", como los tests de inteligencia, junto a un deterioro notable en el rendimiento académico, especialmente en lectura, matemáticas y ciencias.

Los datos más sólidos provienen de evaluaciones amplias de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). En 2022, el rendimiento promedio en los países miembros cayó unos 10 puntos en lectura y unos 15 en matemáticas en comparación con 2018. Esta caída es significativa según los estándares habituales y equivale a un retraso de aproximadamente tres cuartos de año escolar en algunas estimaciones. No es una fluctuación menor, sino un retroceso tangible en habilidades fundamentales.

En Estados Unidos, la Evaluación Nacional del Progreso Educativo (NAEP), conocida como el "Boletín de Calificaciones de la Nación", ofrece una imagen similar. Los resultados de los estudiantes de duodécimo grado en 2024 muestran un descenso continuo en las tasas de lectura y matemáticas en comparación con ciclos anteriores. El promedio de lectura fue inferior al de 2019 y también retrocedió respecto a niveles históricos más antiguos. Las autoridades tratan estos resultados como alarmantes, ya que representan un deterioro en los resultados de aprendizaje básico a nivel de todo un país.

En términos simples, estos números indican que, en promedio, un sector de los adolescentes de hoy es más débil en lectura que requiere comprensión e inferencia, y menos competente en matemáticas escolares que se traducen en habilidades para resolver problemas. Esto no justifica por sí solo generalizar que "la inteligencia ha disminuido", pero proporciona una base científica sólida para afirmar que habilidades cognitivas y educativas centrales y muy importantes han experimentado un claro declive.

El efecto Flynn y su inversión

Esto nos lleva al "efecto Flynn", término acuñado en honor al científico político estadounidense-neozelandés James R. Flynn. Durante el siglo XX, se observó un aumento en las puntuaciones promedio de los tests de CI (coeficiente intelectual) al comparar generaciones más antiguas con las más recientes en la misma prueba, después de ajustar el estándar. Este fenómeno se resumió en un aumento de aproximadamente 3 a 5 puntos de CI por década, especialmente notable en las pruebas de inteligencia "fluida", aquellas que requieren pensamiento lógico a partir de información abstracta.

Este aumento se atribuyó a mejoras ambientales generalizadas a lo largo de las décadas: mejor educación, salud, nutrición y condiciones de vida y trabajo. Sin embargo, esta tendencia no es una ley inmutable. Desde finales del siglo XX, varios países comenzaron a mostrar señales de "aplanamiento" de la curva y luego su inversión, un fenómeno que algunos llaman "inversión de Flynn".

Aquí volvemos a Rogeberg y Bratsberg. Su estudio de 2018 es uno de los más sólidos en este ámbito, ya que se basó en datos masivos de pruebas de reclutamiento militar obligatorio de cientos de miles de hombres noruegos nacidos entre 1962 y 1991. Esto proporciona una serie temporal larga y mediciones repetidas en muestras grandes. La fuerza del estudio no solo residió en el tamaño de la muestra, sino también en su diseño inteligente de "comparación dentro de la familia". Los investigadores no se limitaron a comparar generaciones a nivel de toda la sociedad, sino que examinaron a los hermanos dentro de una misma familia. Si el hermano menor, nacido años después que el mayor, mostraba la misma tendencia general (ascenso y luego descenso), esto indicaba que el cambio no podía explicarse fácilmente por factores como "las familias con menos educación tuvieron más hijos" o "la composición genética de la población cambió".

Los resultados más importantes mostraron que el patrón de aumento hasta la década de 1970 y la posterior disminución en las generaciones más jóvenes podía explicarse en gran medida por la mejora de los factores ambientales, educativos y de estilo de vida después de la Segunda Guerra Mundial. Otro estudio en la revista "Intelligence" también encontró que mediados de la década de 1990 fue el punto de inflexión "descendente": el aumento se detuvo, comenzó la estabilización y luego la curva empezó a caer. Resultados similares se obtuvieron en estudios con reclutas daneses.

El papel de las pantallas y la atención

Hasta el momento de escribir estas líneas, no se conoce con certeza la causa de este cambio, pero la "educación digital" aparece en la imagen. Si las puntuaciones de lectura y matemáticas están cayendo en pruebas a gran escala, y si los niños y adolescentes pasan más horas frente a las pantallas, es fácil establecer una conexión. El testimonio del neurocientífico educativo Jared Cooney Horvath ante el Comité de Comercio, Ciencia y Transporte del Senado de Estados Unidos el 15 de enero de 2026, en una sesión dedicada al impacto del tiempo de pantalla en los niños, reforzó este vínculo.

Horvath presentó un argumento claro: la expansión masiva del uso de pantallas en las escuelas no logró un salto educativo. Muchas de las promesas de la tecnología en la educación se midieron con indicadores rápidos como la interacción y la impresión, no con resultados a largo plazo sobre el aprendizaje en sí. "Esta generación más joven pasó más horas en educación, pero los resultados de sus pruebas no fueron mejores que los de las generaciones anteriores, sino peores", dijo. Por lo tanto, la cuestión del papel de las pantallas en las aulas sigue sobre la mesa de debate.

No es sorprendente que el posible "papel negativo" de las pantallas haya sido abordado por otros estudios que analizan el impacto del "entorno digital diario", como el uso excesivo del teléfono, las redes sociales y los videojuegos. Metaanálisis recientes, que resumen docenas de estudios, indican una asociación negativa estadísticamente consistente entre la intensidad del uso de estas herramientas y el rendimiento académico. El tamaño del efecto no es dramático, pero se repite en diferentes muestras, países y medidas, lo que lo convierte en un indicador general preocupante.

Un equipo de científicos cree que estos resultados tienen explicaciones razonables, la mayoría relacionadas con la disminución de la "atención" como fenómeno que acompaña al espacio digital. El mundo digital está diseñado para captar la atención: notificaciones coloridas, clics sonoros, aplicaciones que llenan el teléfono. La economía digital moderna se basa en obtener pequeñas recompensas repetitivas para estimular la liberación de dopamina (la hormona de la recompensa) con cada deslizamiento, notificación, interacción y video corto. Son entornos que recompensan el salto entre estímulos.

Del mismo modo, la evidencia de la investigación tiende a confirmar que el uso de pantallas, especialmente por la noche o justo antes de dormir, se asocia con un retraso en el sueño, una peor calidad y una duración más corta en niños y adolescentes. El sueño no es un lujo biológico; es un elemento esencial para consolidar la memoria y regular la atención y el estado de ánimo. Por lo tanto, incluso si el impacto de la pantalla en la inteligencia es debatible, su impacto en el sueño y, por ende, en la preparación cognitiva diaria, es más consistente y sólido.

Un tercer factor se suma al problema: el mundo de clips, publicaciones y tuits muy cortos ha afectado la capacidad de la Generación Z para leer artículos largos o ver videos y películas extensos (como documentales). Este tipo de compromiso prolongado con el conocimiento es necesario para desarrollar un sentido crítico. Cuando recibes información de un video corto, no tienes tiempo suficiente para interactuar con ella, ya sea para rechazarla o aceptarla. Pero cuando lees un libro durante un mes, hay una oportunidad para "procesar" el asunto en tu cerebro.

El problema más grande aquí es que el aprendizaje académico, especialmente los aspectos de comprensión y razonamiento, requiere un "tiempo de concentración continua", no "pulsos de atención". El conflicto entre lo que nos impone la realidad social digital y lo que requiere el aprendizaje real es evidente. La capacidad humana para sentarse con un texto largo o un problema extenso sin distraerse ha disminuido, y esto se aplica especialmente a la Generación Z, que creció completamente en un mundo digital, a diferencia de la generación del milenio, que es "híbrida". Para ellos, la conexión a internet no es una opción, sino una forma de vida; la enciclopedia que conocen es Wikipedia, no la Enciclopedia Británica con sus volúmenes apilados.

Aquí también tenemos evidencia científica real. Uno de los metaanálisis más famosos encontró una ventaja de la lectura en papel sobre la lectura digital en la comprensión lectora, especialmente cuando se trata de textos más largos o condiciones de lectura que permiten la distracción (como el teléfono inteligente). Esto no significa que la lectura digital esté condenada al fracaso, pero sí que el medio de lectura no es neutral y que el cambio hacia textos cortos y rápidos puede debilitar gradualmente los músculos de la comprensión profunda.

El problema mayor es que los productos del mundo digital, especialmente las redes sociales, alimentan deliberadamente esta tendencia. Los clips y publicaciones cortos que provocan asombro, ira, miedo, sarcasmo y controversia son favorecidos por los algoritmos y se difunden más rápido que las explicaciones extensas y razonadas en la mayoría de los casos. Estos sitios están diseñados estructuralmente para alimentar este tipo de contenido y reforzar las emociones asociadas por razones comerciales que ahora todos reconocemos.

¿Qué es realmente la inteligencia?

Volvamos a la pregunta fundamental. Cuando hablamos de la definición de "inteligencia", generalmente pensamos en una de tres cosas: las puntuaciones de los tests de CI (medidas psicométricas con sus limitaciones), el rendimiento académico en pruebas nacionales o internacionales de lectura, matemáticas y ciencias, y las habilidades cognitivas funcionales como la atención, la memoria y la resolución de problemas.

La inteligencia es una combinación de todo ello. No es solo un número, sino la capacidad de concentrarse, leer y aprender, construir lógica, autocontrolarse, gestionar el tiempo y resolver problemas. Si el mundo digital es capaz de alterar estas funciones —agotando la atención y el tiempo, aumentando el ruido y dispersando la memoria—, entonces, de manera práctica, significa que la inteligencia está disminuyendo. Esto puede explicar lo que la investigación ha encontrado hasta ahora, especialmente en relación con la Generación Z.

Sin embargo, esto no significa que otras generaciones estén a salvo de este problema; todos estamos inmersos en él. Pero la particularidad de la Generación Z es que el período más importante para la adquisición cognitiva en su vida coincidió con la revolución del mundo digital. Entender esto es crucial para evitar la guerra artificial sobre la superioridad entre generaciones. Como ya se mencionó, no existe una explicación "genética" que haga a una generación significativamente superior o inferior a sus predecesores. Por lo tanto, cualquier cambio sustancial apunta, probablemente, al entorno cambiante.

Si el objetivo de nuestra conversación es mejorar las capacidades, el camino práctico que sugiere la evidencia de la investigación comienza por redirigir la atención hacia los fundamentos del aprendizaje profundo: revalorizar la lectura larga diaria y la escritura que requiere explicación, argumentos y ejemplos, en lugar de depender excesivamente de preguntas de opción múltiple. Este tipo de entrenamiento construye comprensión y razonamiento, y reacostumbra al cerebro a la atención continua en lugar de flujos intermitentes.

A nivel escolar y doméstico, lo que se necesita no es una guerra contra la tecnología, sino una racionalización inteligente. Esto implica reducir las pantallas en el aula en favor del papel, el debate y los experimentos, con un uso digital específico (entrenar una habilidad concreta, una simulación científica o una evaluación formativa), no una digitalización integral de todo.

En casa, los estudios indican la necesidad de regular el entorno del teléfono para los adolescentes, especialmente por la noche, ya que el sueño y la atención son la infraestructura de la memoria y el aprendizaje. Tareas simples como dejar el teléfono fuera del dormitorio, reducir las notificaciones, apartar el teléfono durante las comidas, el ejercicio o las reuniones familiares diarias, y establecer horarios fijos para dormir, a menudo marcan una diferencia mayor de la que imaginamos en la capacidad de concentración y rendimiento académico.

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