Economía
El FMI advierte que la resiliencia actual es frágil; sin paz en Oriente Medio y con petróleo alto, se avecina un invierno económico prolongado.

Larry Elliott, columnista de The Guardian, plantea una advertencia sombría para el panorama financiero internacional. La tesis central sugiere que, salvo que se alcance rápidamente la paz en Oriente Medio y los precios del crudo desciendan, la economía mundial enfrenta un invierno largo y severo. Las probabilidades de evitar este escenario parecen mínimas.
Durante este año, diversos factores han operado en contra de la estabilidad global. Dos grandes conflictos regionales han alterado las cadenas de suministro y generado volatilidad en los precios, mientras empresas y consumidores soportan el impacto de una crisis energética significativa. El aumento de la inflación ha elevado además el costo de financiamiento de la deuda soberana, y persisten tensiones comerciales entre China y Estados Unidos.
No obstante, hasta ahora el efecto agregado ha sido moderado. La reunión anual del Fondo Monetario Internacional (FMI) en Bangkok, donde convergieron ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales, puede considerarse casi milagrosa al no haber requerido la gestión de una crisis sistémica inmediata. Esto contrasta marcadamente con el encuentro de otoño de 2008, celebrado en pleno colapso bancario global. El organismo multilateral reconoció la capacidad de adaptación de los países frente a estos vientos contrarios, destacando incluso mejoras en las perspectivas de crecimiento para Reino Unido gracias a sus planes de reducción del déficit.
El desempeño superior a lo previsto rompe patrones históricos, dado que choques petroleros de esta magnitud solían tener efectos inmediatos y profundos. Tres elementos explican por qué el crecimiento se mantiene y las presiones inflacionarias retroceden temporalmente. En primer lugar, el masivo flujo de inversión hacia el desarrollo de inteligencia artificial ha sostenido la actividad, siendo Estados Unidos el miembro de mayor expansión dentro del G7.
En segundo término, el uso estratégico de reservas de petróleo ha mitigado la escasez de crudo proveniente de Oriente Medio. Sin esta intervención, los precios habrían experimentado alzas mucho más pronunciadas. Finalmente, la estrategia exportadora china de bienes a bajo costo ha contenido los precios de importación en otras regiones del mundo.
A pesar de estos amortiguadores, los focos de tensión abundan. El conflicto en Oriente Medio se extiende hacia Arabia Saudita, mientras las reservas de petróleo disminuyen tras la implicación de Estados Unidos en dinámicas bélicas perpetuas impulsadas por Donald Trump. Paralelamente, el influxo de productos chinos baratos amenaza el empleo manufacturero en Occidente, con Alemania como uno de los sectores más vulnerables.
La apuesta estadounidense por la IA también presenta externalidades negativas: ha incrementado el costo del crédito y generado escasez de capital para industrias no tecnológicas. Los gobiernos enfrentan la presión de recortar gastos o subir impuestos para calmar a los mercados de bonos, aunque la apetencia ciudadana por nuevas rondas de austeridad es nula. Los titulares de finanzas saben que aplicar medidas dolorosas podría desencadenar reacciones violentas.
Advertencias provenientes de Kristalina Georgieva, directora del FMI, y Andrew Bailey, gobernador del Banco de Inglaterra, instan a una gestión fiscal más estricta. Sin embargo, la demanda popular exige más acción estatal de la que los políticos pueden ofrecer. A esto se suma la necesidad urgente de reforzar la autosuficiencia nacional en un contexto de cadenas de suministro quebradizas, un tema que ha movilizado protestas estudiantiles en India y Francia.
La capacidad efectiva de los estados para actuar resulta limitada. En un momento de retroceso de la globalización, se requiere un sistema robusto de cooperación multilateral que actualmente no existe. La Organización Mundial del Comercio languidece bajo el peso de nuevas barreras proteccionistas, mientras el FMI y el Banco Mundial evitan criticar abiertamente a Trump debido a su comportamiento errático.
La idea de que una nueva era de colaboración surgirá con un cambio de administración en Washington es ilusoria. Los problemas de la institucionalidad global son más profundos. Según Richard Kozul-Wright, exfuncionario de la ONU, en un estudio próximo a publicarse, el orden liberal establecido tras la Segunda Guerra Mundial ya estaba desequilibrado antes de la llegada de Trump.
Kozul-Wright argumenta que el FMI y el Banco Mundial, creados en Bretton Woods en 1944, han perdido conexión con los principios del New Deal formulados hace 82 años. Dichos principios contemplaban la intervención estatal en la economía, políticas industriales activas, pleno empleo y apoyo al desarrollo de naciones pobres. Hoy, en cambio, los gobiernos priorizan la libertad de capitales y el lucro privado, reduciendo el espacio político disponible y actuando como sirvientes de una época marcada por desigualdad creciente, deuda apretada y ansiedad social.
Los programas de asistencia financiera del FMI ilustran esta falta de margen político. La ayuda llega condicionada a subidas de impuestos y recortes de gasto, con la mitad de las medidas ejecutadas en el primer año y dos tercios en el segundo. El organismo denomina esto "amor duro", definiendo el éxito únicamente como la ausencia de necesidad de otro rescate en tres años, sin garantizar mejoras en niveles de vida ni reducción de la pobreza.
Un retorno a los ideales del New Deal implicaría mayor autonomía gubernamental para diseñar estrategias propias, incremento de inversión pública y un nuevo Plan Marshall para enfrentar la crisis climática en países en desarrollo. También exigiría abordar seriamente la deuda global. Lamentablemente, ninguna de estas soluciones parece viable a corto plazo. El resultado probable es un mundo más caliente, dividido, propenso a conflictos, menos igualitario y más enfurecido.
El FMI teme que los límites de la resiliencia actual sean probados pronto. La paz en Oriente Medio permitiría bajar los precios del crudo, pero si eso no ocurre rápido, el invierno económico será inevitable. Lo vivido hasta ahora asemeja más una crisis pospuesta que una evitada, recordando la calma tensa que precede a la tormenta.



