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Un nuevo y exhaustivo marco legal entra en vigor en Guatemala para combatir el lavado de activos y el financiamiento del terrorismo, ampliando las facultades de las autoridades para rastrear flujos financieros ilícitos.

Una ley integral contra el lavado de activos y el financiamiento del terrorismo ha entrado en vigor en Guatemala, un paso que fortalece las facultades de los organismos competentes para rastrear flujos financieros sospechosos y perseguir activos vinculados a actividades ilícitas.
La legislación pone fin a más de 25 años de estancamiento normativo y mejora la capacidad de las autoridades financieras y de seguridad para detectar fondos ilícitos e intercambiar información con el Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI) y su organismo regional para América Latina y el Caribe (GAFILAT).
Aunque la norma apunta principalmente a los carteles de droga y redes criminales organizadas, también podría limitar los canales financieros utilizados por grupos armados como "Hezbolá", mediante actividades como empresas pantalla, comercio y minería ilegal, según fuentes mediáticas y de seguridad.
Fuentes de seguridad e inteligencia acusan a "Hezbolá" de establecer vínculos con redes criminales en América Latina, aprovechando su experiencia en el blanqueo de capitales y la transferencia de ganancias ilícitas a cambio de una parte de esos fondos.
La zona de la Triple Frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay es una de las áreas que recibe mayor atención de seguridad debido a la actividad de redes financieras asociadas al crimen organizado, mientras se intensifica la cooperación de inteligencia entre los países de la región para compartir información sobre flujos financieros sospechosos.
Asimismo, estas iniciativas cuentan con apoyo estadounidense a través de programas de capacitación dirigidos a jueces e investigadores de la región, enfocados en desmantelar redes de financiamiento ilícito y rastrear transacciones digitales y criptomonedas.
Las nuevas acciones reflejan una tendencia creciente en América Latina hacia un mayor control de los flujos financieros vinculados al crimen organizado y a grupos armados, mediante la persecución de fuentes de financiamiento y el fortalecimiento de la colaboración entre entidades financieras y de seguridad.



