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El ministro de Justicia de Líbano defiende la abolición de la pena de muerte

Adel Nassar afirmó en París que Líbano avanza hacia la abolición de la pena capital, destacando que la república no mata ni se venga.

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El ministro de Justicia de Líbano defiende la abolición de la pena de muerte
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El ministro de Justicia, Adel Nassar, participó en la novena conferencia mundial contra la pena de muerte, inaugurada por el presidente francés Emmanuel Macron en París, con la asistencia de más de 1.500 representantes de alrededor de 100 países, incluidos jefes de Estado, funcionarios gubernamentales, ministros de Justicia, parlamentarios, jueces, expertos legales y representantes de organizaciones internacionales y de derechos humanos.

Durante su intervención, Nassar expresó que la decisión de avanzar hacia la abolición de la pena de muerte en Líbano no surge a pesar de las circunstancias excepcionales que atraviesa el país, sino precisamente por ellas. Subrayó que un país donde no cesa el derramamiento de sangre inocente es el más capacitado para comprender el valor de que el Estado se abstenga de quitar vidas, y que la fortaleza estatal no se mide por su capacidad para matar, sino por su habilidad para consolidar la justicia y proteger la dignidad humana.

El ministro citó a Albert Camus al señalar que "el verdadero hombre es quien sabe abstenerse", y afirmó que hoy se reúnen para declarar que también el Estado se abstiene. Recordó que Líbano inició el proceso de abolición de la pena capital, tras más de veinte años sin ejecuciones efectivas. Hace semanas, el gobierno aprobó por primera vez un proyecto de ley para eliminarla, que recibió el visto bueno de las comisiones parlamentarias correspondientes y ahora espera su ratificación en la sesión plenaria del Parlamento.

Nassar reconoció que esta determinación puede parecer sorprendente en un país marcado por más de cincuenta años de violencia y donde la sangre de inocentes no ha dejado de correr, pero sostuvo que precisamente por haber vivido bajo la sombra del conflicto, la decisión de abolir la pena de muerte adquiere mayor profundidad y significado.

El ministro afirmó que Líbano elimina la pena capital en un mundo sediento de sangre y que intenta devorarlo, pero rechazó la idea de que sean músicos en el Titanic. Citó el lema de París, "Las olas lo azotan… pero no se hunde", para describir también a Líbano, asegurando que, pese a las tormentas, el país no se hundirá, ni a pesar de las intervenciones violentas de estados que han utilizado a parte de su población para sus propios fines, ni de ataques desiguales, ni de la destrucción masiva, ni de la sangre derramada en nombre de ideologías extremas, ni del entorno regional marcado por dictaduras, exclusión y caos, ni del retroceso global en materia de derechos humanos, sin los cuales no se puede respirar. Por eso, dijo, Líbano eligió abolir la pena de muerte.

En su discurso, Nassar sostuvo que ya no corresponde al sistema judicial libanés decidir sobre la vida de una persona. Reconoció que los horrores de la guerra, el terrorismo y los crímenes atroces, especialmente contra niños y ancianos, conmueven la conciencia colectiva, pero aclaró que la abolición de la pena capital no debe interpretarse como indulgencia con el delito ni como tolerancia ante actos atroces, que a menudo tienen víctimas inocentes. Aseguró que no se protege al criminal, sino a la república, que "no mata ni se venga", y que los jueces no deben cargar con la insoportable responsabilidad moral de decidir la muerte de un ser humano. La naturaleza humana, afirmó, se inclina hacia la abolición de la pena de muerte, porque nada es más peligroso que creer que se ha superado la propia humanidad. El juez debe elevarse por encima de sus pasiones para juzgar, pero nunca olvidar que está juzgando a un ser humano semejante a él.

Nassar reiteró un mensaje dirigido a los jueces libaneses, citando a Charles Péguy: "El juez que se acostumbra, es un juez en quien la justicia ha muerto". Explicó que el juez que no se acostumbra a dictar sentencias mantiene su dignidad ante cada decisión y emite su fallo como si él mismo estuviera ante quien juzga. En cambio, el juez que carece de ese respeto está a punto de traicionar su misión. Por ello, afirmó que un juez que siente temor reverencial hacia la justicia no puede quitar la vida a nadie.

El ministro añadió que es necesario combatir el crimen hasta el último aliento y apoyar a las víctimas sin ambigüedad, pero advirtió que creer que abolir la pena de muerte implica falta de empatía hacia las víctimas es un error doble. Primero, atribuir a la muerte un poder que no tiene, como aliviar el sufrimiento ajeno, cuando en realidad solo alimenta la violencia y la venganza. Segundo, subestimar la prisión, como si privar de libertad fuera un castigo leve, cuando en realidad es uno de los más severos que puede enfrentar una persona.

Citó a Julien Green, quien expresó que nunca se debe condenar a nadie a muerte porque desconocemos qué es la muerte, y que tal sentencia introduce un elemento esencialmente desconocido en el castigo y el proceso judicial. Recordó que cuando la humanidad rechazó la ley del talión, logró un gran avance moral, aunque cuesta entender cómo se aceptó que no se debe arrancar un ojo por un ojo sin concluir que tampoco se debe quitar un alma por un alma.

Nassar señaló que la pena de muerte no devuelve la tranquilidad a las familias de las víctimas, pues la muerte no consuela, sino que deja un sabor amargo y aumenta el dolor. Subrayó que nadie sale más en paz tras presenciar una ejecución, y que las víctimas tienen derecho a que se reconozca su sufrimiento y, ante todo, a la justicia, la cual debe rechazar la muerte en lugar de recurrir a ella.

El ministro recordó que casi todas las familias libanesas son familias de víctimas y que la sangre sigue corriendo en su país. Añadió que cada persona ha conocido o convive con una muerte violenta que no debe permitir que se normalice el crimen. La muerte violenta no es un número anónimo, y detrás de cada víctima hay una familia sumida en la confusión, con un duelo interminable y un dolor solitario impuesto por el crimen.

Manifestó que la indignación ante cada crimen debe mantenerse y que la abolición de la pena de muerte no debe disminuir la condena al delito, sino hacerla más clara y firme, siempre acompañada de una empatía inquebrantable hacia las víctimas. Pronunció estas palabras en París, mientras todo Líbano sigue siendo una víctima en Oriente Medio, y recordó que el país ha pagado y sigue pagando el precio de la fragilidad que acompaña a la democracia, la libertad y la pluralidad. Aseguró que, pese a ese costo, Líbano nunca renunciará a esos valores.

Finalmente, Nassar citó al poeta Paul Valéry, quien tras la Primera Guerra Mundial escribió en "La tumba marina": "Aquí sopla el viento… debemos intentar vivir". Afirmó que, a pesar de la guerra, continuarán viviendo sin importar la intensidad del viento. Recordó que durante décadas Líbano ha defendido los derechos humanos en una región que no solo los ha ignorado, sino que ha llegado a difamarlos y burlarse de ellos. Señaló que nada es más doloroso que escuchar hablar de derechos humanos con desdén, como si defenderlos fuera una ingenuidad impropia de la política, pero aseguró que hoy la política carece de confianza y abunda en la burla, y que continuarán defendiendo los derechos fundamentales, aunque sean los últimos en hacerlo.

Con la abolición de la pena de muerte, concluyó, Líbano y sus aliados contribuyen a construir un barco salvavidas que preservará, frente al auge de la oscuridad, los grandes principios y valores transmitidos por Francia y que Europa sigue defendiendo. Un barco que seguirá recibiendo golpes de las olas, pero que no se hundirá.

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