Líbano
El Patriarca Rai: Queremos paz y el Líbano está llamado a elegir el camino del Estado, no del mini-Estado
El Patriarca Mar Bechara Boutros Rai, en el octavo domingo del tiempo de Pentecostés, pronunció una homilía en la que destacó la identidad y misión de Cristo y de la Iglesia, llamando al Líbano a elegir el camino de la verdad, el Estado y el diálogo, rechazando la guerra y abogando por un Líbano neutral y soberano.

El Patriarca Cardenal Mar Bechara Boutros Rai, en el octavo domingo del tiempo de Pentecostés, pronunció una homilía en la que dijo:
"Pondré mi Espíritu sobre él, y anunciará a las naciones la verdad" (Mateo 12: 18)
1. Con este versículo de la profecía de Isaías, el Evangelio nos abre la puerta a la meditación sobre la identidad de Cristo y su misión. Él no es solo un maestro o un profeta entre los profetas, sino el Amado sobre quien descendió el Espíritu de Dios, por lo que su presencia se convirtió en una proclamación de la verdad, un mensaje de salvación y una esperanza para todas las naciones.
La frase «Pondré mi Espíritu sobre él» nos revela la identidad de Jesús, el Hijo cuya humanidad se llenó del Espíritu Santo, de modo que todo lo que hace y todo lo que dice es fruto de la presencia del Espíritu Santo en Él. También nos revela su misión: «anunciará a las naciones la verdad». Él proclama la verdad que libera al ser humano, lo conduce a la salvación y siembra esperanza en los corazones de los pueblos.
Esta identidad y esta misión no permanecieron limitadas solo a la persona de Cristo, sino que hizo partícipe de ellas a su Iglesia. Así, a través del bautismo y la confirmación, nos hemos hecho partícipes de Cristo en su identidad y su misión, y el Espíritu Santo descendió sobre nosotros, y fuimos enviados para ser testigos de la verdad en el mundo. Así, esta llamada abarca a toda la Iglesia: sus pastores, sus fieles, sus hombres y mujeres, y sus instituciones educativas, sociales, culturales y universitarias; todos están llamados a llevar la identidad de Cristo y continuar su misión, para que el Evangelio siga siendo luz para el mundo y el nombre de Cristo siga siendo la esperanza en la que confían las naciones.
2. Me alegra darles la bienvenida a todos para celebrar juntos esta divina liturgia, y dirijo un saludo especial a la comunidad de la Fundación Nuestra Señora de la Providencia – Adonis Jbeil, presente aquí con sus trescientas familias y sus jóvenes, encabezados por el Padre Antoine Khadra, y les agradezco su presencia y participación con nosotros en esta liturgia. Es una fundación del Patriarcado Maronita, y en ella la Eucaristía está expuesta las 24 horas del día, los siete días de la semana, para brindar a los fieles la oportunidad de adoración y postración continua ante Cristo, y es una oportunidad para meditar en el misterio de Cristo y su presencia real en la Sagrada Eucaristía, para la oración, la penitencia y la petición de gracias.
Y en esta fundación vemos la mejor expresión del papel de los "fieles laicos en Cristo" en virtud del bautismo y la confirmación en la Iglesia, y la más elocente encarnación de la participación en las funciones sacerdotal, profética y real de Jesucristo, como enseñó el Concilio Vaticano II en su Constitución Dogmática "Lumen Gentium" (números 34-36); y el Papa San Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica "Christifideles Laici" (número 14). Damos gracias a Dios por ustedes, y conocemos esta fundación, conocemos su espiritualidad y conocemos su compromiso; es una gracia de Dios en nuestra Iglesia.
3. Volviendo a nuestra identidad y misión cristiana, el Señor Jesús nos traza dos caminos para vivir esta identidad y misión:
El primer camino: la mansedumbre y la humildad. Como se desprende de la profecía de Isaías: «No contenderá, ni gritará, ni nadie oirá su voz en las plazas». Cristo no convence con la violencia, ni impone la verdad con el ruido, sino que hace de la mansedumbre su camino, de la humildad su estilo y del amor su medio para llegar a los corazones. Así debe ser la misión de la Iglesia y la misión de todo creyente, hombre o mujer: un testimonio tranquilo, sincero y arraigado en el amor.
Y el segundo camino: la atención al ser humano débil, marginado, pobre, pequeño y discapacitado, según la profecía de Isaías: «No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humea». Jesús no abandona al ser humano herido, ni condena al débil, sino que se acerca a él, lo levanta y le devuelve su dignidad y esperanza. Esta es la misión de la Iglesia y nuestra misión de todos: estar al lado de todo afligido, pobre y quebrantado de corazón, porque en ellos está el rostro de Cristo sufriente.
Luego el Evangelio llega a su fin diciendo: «Hasta que lleve la verdad a la victoria». Porque la verdad es la que vence al final, no la mentira; y el amor es el que permanece, no el odio. Por eso el cristiano no teme andar por el camino de la verdad, aunque sea largo, porque sabe que el final de este camino es la victoria que Dios obra. Y el evangelista concluye diciendo: «Y en su nombre pondrán las naciones su esperanza». Cristo es la esperanza de los pueblos, y la Iglesia está llamada a permanecer como testigo de esta esperanza.
4. La identidad y la misión son dos pilares sin los cuales no se endereza el futuro de ninguna patria. Y el Líbano también tiene una identidad y una misión; su identidad solo se sustenta en la libertad, la dignidad, la verdad y la convivencia, y su misión solo perdura con el establecimiento de un Estado justo, inclusivo, soberano, que preserve los derechos de todos sus hijos y proteja su futuro.
Hoy, el Líbano está llamado más que nunca a elegir el camino de la verdad, no el camino de las ilusiones; el camino del Estado, no la lógica de los mini-Estados; el camino del diálogo, no el lenguaje de las armas. Y a la luz de los rápidos acontecimientos que vive la región, la opción sigue siendo clara: o la implementación del acuerdo marco que garantice la soberanía del Estado sobre todo su territorio, su independencia y su estabilidad, o el regreso al torbellino de la guerra que solo trae a nuestros pueblos destrucción, muerte, desplazamiento y dolor.
Queremos la paz, y rechazamos la guerra. Queremos una paz que preserve la dignidad del ser humano, salvaguarde la soberanía del Líbano y devuelva la confianza a sus hijos, porque las patrias no se construyen con la lógica de la imposición, sino con la lógica de la asociación; no se estabilizan con la fuerza, sino con la justicia; y no prosperan excepto cuando el interés de la patria está por encima de toda consideración.
En el corazón de este camino, la neutralidad activa del Líbano sigue siendo la garantía de su misión histórica. Con su neutralidad activa, se libra de las cargas de los conflictos y los ejes que lo han agotado; y con su neutralidad, vuelve a ser un puente para el encuentro, no un campo de confrontación; una tribuna para el diálogo, no un escenario de disputas. La neutralidad activa no es un abandono de las causas justas, ni un repliegue sobre su entorno, sino una protección de su independencia, una preservación de su unidad y un capacitarlo para llevar a cabo su misión de acercar a los pueblos y servir a la paz.
5. La puerta de la recuperación política, financiera y económica en el Líbano comienza con la restauración de la confianza, que es la base sobre la que se construyen el Estado, la economía y las instituciones. Esta confianza no puede separarse de la confianza del ciudadano en su Estado, en sus derechos, en su dinero y en su tierra. Y esta es una premisa que debe estar presente en toda la legislación financiera presentada ante la Cámara de Diputados, especialmente la relacionada con el sector bancario y los depósitos de los ciudadanos, de modo que las reformas sean coherentes con las disposiciones de la Constitución y las leyes, y preserven los derechos de los depositantes y protejan sus depósitos, porque la restauración de la confianza de los libaneses constituye la verdadera entrada para cualquier plan de recuperación nacional integral.
6. Dos semanas nos separan de la solemne celebración de la beatificación del Patriarca Mar Elías Boutros Hoayek, hombre de la Providencia, fundador de la Congregación de las Hermanas de la Sagrada Familia y padrino del Gran Líbano. Imploramos su intercesión para que podamos vivir nuestra identidad y misión cristiana, como nos hizo partícipes de ellas nuestro Señor Jesucristo, a quien elevamos gloria y acción de gracias junto con su Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.





