Salud
Científicos advierten que el uso excesivo de dispositivos digitales genera un grave impacto global en la salud mental y física.

Un análisis exhaustivo publicado en la revista "The Lancet" ha cuantificado el coste sanitario asociado al consumo desmedido de dispositivos electrónicos. Los expertos estiman que esta práctica contribuye a una carga equivalente a 2,8 millones de años de vida saludable perdidos a nivel mundial debido a trastornos psicológicos. Además, se atribuyen aproximadamente 240.000 años de deterioro físico vinculados directamente con el aumento de la obesidad derivada del sedentarismo digital.
El estudio sintetiza hallazgos procedentes de 121 investigaciones previas que involucraron a cerca de nueve millones de jóvenes. La revisión identifica patrones consistentes entre el uso problemático de las pantallas, caracterizado por rasgos adictivos, y diversas patologías. Entre estas figuran la ansiedad, la depresión, alteraciones del sueño y condiciones neurodesarrollativas como el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) o el autismo.
Los datos sugieren que superar las dos horas diarias frente a los dispositivos se correlaciona con un declive notable en el bienestar emocional. Esta tendencia no solo afecta a la población general, sino que plantea interrogantes específicos sobre su impacto en niños y adolescentes, quienes acceden a smartphones y redes sociales en edades cada vez más tempranas. Una investigación anterior en "JAMA Pediatrics" ya había vinculado la exposición intensa a pantallas con un descenso en el rendimiento académico y mayores dificultades emocionales y lingüísticas.
Frente a estos resultados, la comunidad científica reclama una respuesta coordinada a escala internacional para mitigar los peligros asociados a los medios digitales. Se solicita que las empresas tecnológicas asuman la responsabilidad de revelar cómo ciertas funcionalidades diseñadas para captar la atención fomentan el uso compulsivo. Ilona Kickbusch, quien lideró la revisión en "The Lancet", subrayó que la integración de estas herramientas en la vida cotidiana es total, mientras que los gobiernos han permitido que el sector privado establezca sus propias normas, relegando la salud pública a un segundo plano.
Aunque plataformas como Instagram y TikTok han implementado mecanismos de control parental y verificación de edad, los autores consideran insuficientes estas medidas aisladas. Proponen en su lugar la creación de organismos de supervisión especializados capaces de monitorizar los daños potenciales en la juventud. Expertos externos, aunque no participaron en el estudio, valoraron positivamente los hallazgos pero insistieron en la necesidad de profundizar en la relación causal directa entre la pantalla y la enfermedad.
Teodora Gliga, neurocientífica de la Universidad de East Anglia, calificó de imperativo adoptar estrategias de salud pública ante la exposición digital. Advirtió que la velocidad de evolución tecnológica puede hacer que ciertos datos científicos queden obsoletos rápidamente. No obstante, destacó la importancia de continuar investigando para minimizar riesgos sin caer en alarmismos infundados ni ignorar los beneficios que la tecnología también aporta.



