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Una nueva teoría publicada en The Astrophysical Journal explica que la lentitud extrema de la rotación de Venus —243 días terrestres por giro— impidió que conservara cualquier satélite natural, forzando su caída y colisión catastrófica con el planeta.

Un astrofísico ha propuesto una explicación novedosa para un fenómeno observado desde hace siglos: Venus, planeta casi idéntico a la Tierra en tamaño, masa y composición estructural, carece por completo de luna propia. La hipótesis fue desarrollada por investigadores de la Universidad de California y apareció el lunes en la revista científica *The Astrophysical Journal*.
Según la teoría, la causa principal radica en la velocidad excepcionalmente baja con la que Venus gira sobre su eje: 243 días terrestres por rotación completa. Ese ritmo, más lento que su órbita alrededor del Sol, habría hecho inevitable la pérdida gravitacional de cualquier satélite natural que hubiera existido en etapas tempranas de su historia. En lugar de estabilizarse en una órbita duradera, dicho cuerpo habría sido arrastrado progresivamente hacia la superficie del planeta hasta colisionar con él de forma destructiva.
Este mecanismo, denominado “devoramiento planetario”, representa una ruptura con las interpretaciones previas sobre la ausencia de luna en Venus, el segundo planeta más cercano al Sol. Hasta ahora, se consideraba que Venus nunca adquirió un satélite o que, de haberlo tenido, lo perdió tras un impacto masivo con otro objeto celeste.
El astrofísico Steven Krane señaló: “Si tuvo una luna —y es muy probable que la haya tenido en algún momento— no pudo retenerla. Ese satélite habría caído sobre el planeta en un lapso relativamente breve”. Sus equipos utilizaron modelos informáticos que replicaron las interacciones gravitatorias entre Venus y lunas hipotéticas de distintos tamaños. Los resultados fueron consistentes: independientemente del volumen del satélite simulado, todos terminaban chocando contra el planeta, ya fuese pronto o tarde.
Krane estimó que tal evento de captura y colisión podría haber ocurrido durante el primer mil millones de años de la historia de Venus, cuya formación se remonta, como la del resto del sistema solar, a aproximadamente 4.500 millones de años atrás.
Un estudio previo de la Universidad de California en Riverside, centrado en la relación entre la Tierra y su luna, identificó la velocidad de rotación planetaria como el factor decisivo. Mientras Venus tarda 243 días terrestres en girar una vez sobre sí mismo —un período ligeramente superior al de su órbita alrededor del Sol— la Tierra completa su rotación cada 24 horas, es decir, más de 200 veces más rápido.
Esa diferencia condiciona el intercambio de energía gravitatoria: debido a su rotación acelerada, la Tierra transfiere momentum angular a la Luna, alejándola a razón de 4 centímetros por año. Este valor ha sido medido con precisión mediante los reflectores láser dejados en la superficie lunar por la misión Apolo 11 en 1969.
Aunque no existe evidencia directa de que Venus haya poseído alguna vez una luna, Krane considera improbable que el planeta, en sus fases iniciales de formación, haya evitado por completo los grandes impactos que caracterizaron el amanecer del sistema solar interior. En aquella etapa, el espacio cercano al Sol estaba densamente poblado por cuerpos rocosos de gran tamaño que chocaban entre sí con frecuencia. Dada su proximidad al Sol, Venus habría estado aún más expuesto a esos impactos que la Tierra.
Venus, tercer objeto más brillante en el cielo nocturno tras el Sol y la Luna, constituye un blanco prioritario para los científicos interesados en reconstruir la historia evolutiva de la Tierra y anticipar su futuro. Dos próximas misiones de la NASA —DAVINCI+ y VERITAS— están programadas para estudiar en profundidad su atmósfera y sus características geológicas, con la esperanza de desentrañar nuevos aspectos de este misterio planetario.



