Cultura y sociedad
Una psicóloga explica cómo la ansiedad parental se transmite de forma inconsciente a los hijos y qué estrategias prácticas —como pasar de “arreglar” a “coaching”— permiten romper ese patrón sin eliminar la ansiedad, sino transformando su expresión.

La ansiedad no se hereda solo genéticamente: se transmite en tiempo real, a través de gestos, palabras, reacciones corporales y decisiones cotidianas. Liz Nissim, doctora en psicología, describe cómo los padres con trastorno de ansiedad generalizada pueden, sin intención, convertirse en modelos vivos de inseguridad para sus hijos, reforzando la percepción de que el mundo es peligroso y que ellos carecen de recursos para afrontarlo.
Este fenómeno no responde a una falla moral ni a una deficiencia personal, sino a un instinto protector desbordado. Los padres ansiosos tienden a sostener ideas rígidas sobre sí mismos, sobre sus hijos y sobre cómo debería ser la vida familiar. En contextos de incertidumbre o novedad, experimentan niveles de miedo superiores a los de sus propios hijos. Sus expresiones faciales tensas, sus bajas expectativas sobre la capacidad de recuperación infantil y su impulso constante de intervenir para evitar errores o decepciones envían un mensaje tácito pero inequívoco: “El entorno no es seguro, y tú no estás preparado para enfrentarlo solo”.
La respuesta habitual —actuar por el niño, hacer las cosas “como deben hacerse”, anticipar riesgos hasta el punto de anular su autonomía— termina limitando su desarrollo cognitivo y emocional. No se trata de erradicar la ansiedad de inmediato, ni siquiera de lograrlo: se trata de modificar la forma en que se procesa y se expresa. El primer paso es la autorregulación consciente. Implica identificar señales físicas tempranas —como la opresión torácica, el apretamiento mandibular o la aceleración cardíaca— y observar el lenguaje usado con los hijos. Frases como “¡Ten cuidado!” o “¿Seguro que quieres intentarlo?” suelen emanar del sistema nervioso parental, no de una amenaza objetiva. Esa verbalización se convierte, con el tiempo, en el monólogo interno del niño.
Interrumpir este ciclo no requiere aislamiento ni autosuficiencia. Buscar apoyo externo —con una pareja no ansiosa, un amigo de confianza o un terapeuta especializado en ansiedad adulta— permite procesar los propios desencadenantes antes de que se transfieran al ámbito parental. Conversar sobre una preocupación futura con alguien ajeno al círculo inmediato ayuda a desactivar pensamientos catastróficos y a ganar perspectiva. Un profesional puede ofrecer herramientas de anclaje que faciliten el manejo de las emociones en espacios adultos, evitando descargar esa energía nerviosa sobre los hijos.
El cambio clave radica en abandonar el rol de solucionador y asumir el de entrenador emocional. Muchos padres ansiosos actúan por impulso ante cualquier dificultad del niño: reconstruir una torre de bloques caída, resolver un problema matemático o negociar un conflicto con un compañero. En lugar de tomar el control, se recomienda respirar profundamente, hablar con calma y tono presente, y formular preguntas abiertas: “Uy, eso fue difícil. ¿Qué crees que podrías hacer?”. Este enfoque modela flexibilidad cognitiva y estimula la generación de soluciones propias.
No se espera que todo salga bien siempre. Es válido que el niño tropiece, se frustre o cometa errores. También es válido que el padre sienta incomodidad ante esas situaciones. Lo decisivo no es la ausencia de angustia, sino la capacidad de contenerla sin proyectarla. Al pausar, observar y guiar desde la calma, se ofrece a los hijos un modelo de regulación emocional que ellos, a su vez, integrarán como estrategia propia de resolución de problemas durante años.



