Cultura y sociedad
El procrastinador no es perezoso: causas reales y métodos para actuar
Stephen Greenspan explica que la postergación no es holgazanería, sino un patrón conductual multifactorial vinculado a la demoralización, el perfeccionismo, la distractibilidad y otros factores, con estrategias prácticas respaldadas en evidencia clínica y experiencial.

La procrastinación no es una simple falta de disciplina ni una expresión de pereza. Es un comportamiento evitativo muy extendido que afecta negativamente tanto el rendimiento académico como el funcionamiento cotidiano. Aunque no constituye un trastorno psiquiátrico formal, puede reflejar procesos de personalidad desadaptativos y aparece como síntoma central en condiciones como la depresión.
El término deriva del latín “procrastinare”, que significa “posponer para mañana”. Cerca del 90 % de los estudiantes universitarios reconocen tendencias procrastinadoras, y aproximadamente uno de cada cuatro presenta niveles tan severos que dificultan gravemente la obtención de su título. En la vida diaria, una manifestación casi universal es la incapacidad para deshacerse del desorden acumulado; en sus formas más extremas, esto se clasifica como acumulación patológica. Otras expresiones frecuentes incluyen aplazar conversaciones difíciles, retrasar el pago de facturas o dejar incompletas tareas laborales.
Al calificarla como una “aflicción”, se subraya que genera consecuencias no deseadas: problemas académicos, embargos de vehículos, despido laboral, entre otras. No obstante, la procrastinación por sí misma no cumple los criterios diagnósticos de un trastorno mental. Su origen es multifactorial, y una misma persona puede posponer una tarea determinada en un contexto específico sin hacerlo en otro distinto. Además, varios factores pueden coexistir en un solo episodio.
Causas fundamentales de la postergación
Una causa frecuente es la desmoralización: la sensación de abrumamiento ante la magnitud de una tarea. Por ejemplo, una vivienda con un nivel grave de desorden puede generar una percepción de baja autoeficacia, impidiendo incluso iniciar la acción. La neurocientífica finlandesa Aino Mäkinen denomina a este fenómeno “parálisis del bucle de decisión”, donde el cerebro inicia el proceso pero se bloquea al evaluar simultáneamente demasiadas opciones.
Otra causa clave es el perfeccionismo. Contrariamente a lo que sugiere la intuición, no surge de la duda sobre las propias capacidades, sino de una alta exigencia hacia el resultado final —como un artículo o un informe—. El temor a no alcanzar esos estándares autoimpuestos genera una ansiedad paralizante que impide comenzar.
La distractibilidad también juega un papel central. Muchas tareas que se posponen exigen esfuerzo sostenido, y quienes presentan alteraciones en la regulación atencional —como el TDAH— suelen tener dificultad para mantener el enfoque durante el tiempo necesario. Un factor moderno que agrava esta condición es la presencia constante del teléfono móvil, que ofrece tentaciones inmediatas y placenteras.
Otro mecanismo es la pérdida de sentido: cuando una actividad deja de alinearse con los valores personales del sujeto, ya sea porque nunca fue significativa para él o porque perdió relevancia con el tiempo. En esos casos, la postergación opera como una forma de sabotaje inconsciente, sin que la persona decida explícitamente abandonar la tarea.
Estrategias basadas en evidencia para reducir la procrastinación
Uno de los métodos más efectivos es la descomposición de tareas: dividir un objetivo abrumador en microacciones breves y concretas. En lugar de proponerse “ordenar toda la casa”, se puede comprometer a realizar diariamente una sola acción mínima —como limpiar la encimera de la cocina— que no supere los cinco minutos. Con el tiempo, estas acciones acumuladas generan hábitos organizativos y transforman metas aparentemente inalcanzables en logros manejables.
Aceptar la imperfección es otra estrategia clave. Quienes postergan por miedo al juicio —como en la escritura— pueden beneficiarse de la Terapia Racional Emotiva, una variante de la TCC. Esta técnica propone cuestionar creencias irracionales mediante preguntas como: “¿Dónde está escrito que solo los demás tienen derecho a producir trabajos imperfectos?” o “¿Por qué sería catastrófico que alguien considerara mi texto mediocre?”. Al normalizar la imperfección, se reduce la ansiedad que impide actuar.
La llamada “aproximación Bartleby”, inspirada en la novela de Herman Melville, plantea la validez de detener actividades que resultan profundamente alienantes. Sin embargo, el riesgo radica en que los procrastinadores crónicos tienden a aplicar esta opción de forma repetida e indiscriminada. Por ello, es fundamental distinguir si abandonar una tarea responde a una elección alineada con los propios valores o constituye, en cambio, una forma disfrazada de evitar el malestar asociado a la acción.
La retirada intencional de dispositivos también resulta útil frente a la procrastinación digital. Adoptar una política de revisar el teléfono o computadora únicamente en momentos ampliamente espaciados puede reducir la interrupción constante. No obstante, su implementación práctica enfrenta importantes obstáculos conductuales.
En casos donde la procrastinación está vinculada a un trastorno de regulación como el TDAH, la medicación prescrita por un médico —por ejemplo, metilfenidato (Ritalin)— puede formar parte de un plan terapéutico integral. Esta intervención farmacológica no sustituye las estrategias conductuales, sino que las potencia al mejorar la capacidad de atención sostenida.
Como ha señalado el autor a sus estudiantes y a sí mismo: “La procrastinación es aburrida. Simplemente hazlo”.
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