Cultura y sociedad
Qué enseñar a los niños cuando la amabilidad se encuentra con el odio
Expertos en desarrollo infantil y educación emocional explican cómo los padres pueden guiar a sus hijos para identificar emociones, distinguir desacuerdo de deshumanización y cultivar empatía frente al antisemitismo y otras formas de odio grupal.

En septiembre de 2026, una publicación de Sesame Street con motivo del Mes de la Herencia Judía estadounidense —diseñada para promover la celebración, la inclusión y la pertenencia— generó rápidamente una oleada de comentarios antisemitas antes de que la plataforma decidiera desactivar la sección de comentarios. La iniciativa, creada para ayudar a los niños a crecer “más inteligentes, más fuertes y más amables”, se convirtió en blanco de desprecio.
Este episodio no es solo un incidente en redes sociales: es un hecho formativo. Niños y adolescentes observan atentamente cómo los adultos gestionan el miedo, la ira, el desacuerdo, la culpabilización colectiva y la crueldad disfrazada de humor, política o simple costumbre digital. En el contexto de las Fiestas Altas judías —un tiempo de reunión y reflexión— surge una pregunta crítica: ¿qué alimenta ideologías como el antisemitismo, y qué pueden aprender los menores para no reproducir el ciclo destructivo de “tú me odias, yo te odio; tú me hieres, yo te hiero a cambio”?
Cómo las emociones informan, pero no dictan
El antisemitismo, al igual que otras formas de odio grupal, suele comenzar con una narrativa construida a partir de miedo, ira, agravio, humillación, confusión o dolor. Esas emociones son reales, pero se vuelven peligrosas cuando se transforman en conclusiones falsas: “Siento miedo, luego tú eres una amenaza”; “Me siento impotente, luego tu grupo es el responsable”; “Siento ira, luego la crueldad está justificada”.
Una de las primeras lecciones fundamentales de inteligencia emocional que se puede transmitir a los niños es que las emociones son información, no instrucciones. El miedo merece atención, pero no demuestra que otro grupo sea peligroso. La ira puede alertarnos sobre una injusticia, pero no autoriza la deshumanización. El dolor puede explicar por qué alguien reacciona con violencia, pero no justifica convertir a un colectivo entero en blanco de agresión.
El odio resulta seductor para los jóvenes porque ofrece una falsa sensación de fortaleza: certeza en lugar de confusión, pertenencia en vez de soledad, superioridad frente a la vergüenza. Decirles simplemente “no odies” no basta. Es necesario acompañarlos para trabajar las emociones que hacen al odio tan contagioso: miedo, ira, vergüenza, necesidad de pertenecer y deseo de aceptación grupal. Se les puede ayudar a preguntarse: ¿qué estoy sintiendo?, ¿qué historia me estoy contando?, ¿qué sé con certeza y qué estoy asumiendo?, ¿a quién podría dañar si comparto esto?, ¿qué haría mi mejor yo en este momento?
Desacuerdo sin deshumanización
El antisemitismo —como muchas otras formas de prejuicio y alteridad— florece cuando un grupo deja de verse como vecinos, compañeros de clase, profesores, médicos, artistas, niños, abuelos o amigos, y pasa a ser percibido únicamente como una categoría, un símbolo, una sospecha, una conspiración o una amenaza. Florece también cuando desaparece la curiosidad y los estereotipos antiguos viajan a la velocidad de un hilo de comentarios.
Los padres pueden ayudar a sus hijos a trazar una distinción esencial: el desacuerdo no es odio. Pero se crea una estructura permisiva cuando se burlan de otros y se recibe recompensa por ello, cuando la crueldad se descarta como “solo una broma” o cuando el odio grupal se excusa bajo el argumento de que “todos están enfadados”. Los jóvenes lo notan todo.
Cuando esa crueldad proviene de líderes públicos, influencers digitales, celebridades o incluso adultos en la propia mesa familiar, los padres deben actuar con mayor intención en lo que modelan en casa. Pueden decir, con claridad y calma: “En nuestra familia, está permitida la ira; no está permitida la deshumanización”. “Esa persona puede tener poder, pero eso no hace correcto su comportamiento”. “Podemos discrepar con firmeza sin humillar”. Estas frases importan porque construyen una contrapauta ética.
La empatía como freno al reflejo del daño
La empatía es central en este proceso, aunque frecuentemente se malinterpreta. No significa estar de acuerdo con todos, excusar el daño ni evitar la rendición de cuentas. Significa recordar que otra persona posee una vida interior tan vívida y vulnerable como la propia.
La empatía se desarrolla mediante habilidades de inteligencia emocional que ayudan a los niños a pausar, identificar lo que están sintiendo y preguntarse qué podría estar sintiendo, necesitando o cargando otra persona. Les permite resistir la absorción de estereotipos o la repetición de bromas crueles, y reconocer, en cambio, la humanidad de un compañero de clase judío o musulmán, un vecino cristiano o hindú, un profesor negro o indio, o un amigo con discapacidad.
Los niños deben aprender que, cuando alguien los odia, la respuesta no es devolver el odio. La respuesta consiste en protegerse, buscar ayuda, establecer límites, decir la verdad y negarse a convertirse en un espejo del daño recibido.
Guiar desde el “mejor yo”
Finalmente, se puede ayudar a los jóvenes a imaginar y practicar su “mejor yo”. Este “mejor yo” es quien quieren ser —y quienes quieren que los demás vean— en los momentos que más importan: valiente, justo, curioso, compasivo y lo suficientemente fuerte como para no sumarse a la crueldad. Es quien pausa antes de publicar, pregunta antes de asumir, busca la dignidad en lugar del desprecio y entiende que la pertenencia no es un recurso escaso.
Sesame Street tuvo que desactivar los comentarios porque la amabilidad hacia los estadounidenses judíos provocó odio. Ese momento doloroso y pedagógico revela lo que ocurre cuando la empatía no se cultiva deliberadamente.
Los niños están observando. Aprenden de lo que condenamos, lo que excusamos, lo que nos hace reír, lo que interrumpimos y lo que repararemos. La tarea de los padres no es criar niños que nunca sientan ira, miedo ni dolor. La tarea es criar niños que sepan qué hacer con esas emociones: niños capaces de decir la verdad sin odio, defenderse sin deshumanizar y rechazar el ciclo antiguo de reciprocidad destructiva.
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