Cultura y sociedad
La psicóloga Sharon Martin explica que priorizar las propias necesidades, establecer límites y validar los propios sentimientos no implica egoísmo, sino reconocer un valor inherente que merece atención constante.

La doctora Sharon Martin, especialista en trabajo social clínico (DSW) y terapeuta licenciada (LCSW), aborda en su artículo la dificultad frecuente de colocar la propia bienestar en primer lugar. Publicado el 5 de agosto de 2026, el texto fue revisado por la doctora Monica Vilhauer.
¿Cede ante la imposición de límites? ¿Permite que otros lo traten con desconsideración? ¿Ignora sus propias necesidades para satisfacer las ajenas? ¿Desestima o minimiza sus emociones? ¿Descuida el autocuidado porque está ocupado atendiendo a los demás y asume que puede prescindir de él? En resumen: ¿coloca sistemáticamente el bienestar ajeno por encima del propio?
Si la respuesta es afirmativa, es probable que le cueste elegirse a sí mismo. Priorizar a los demás puede parecer una virtud, pero hacerlo de forma constante a costa propia no constituye un acto de bondad hacia uno mismo. Elegirse no equivale a ignorar las necesidades ajenas ni a volverse egoísta. Significa aceptar que sus necesidades, sentimientos y bienestar tienen la misma importancia que los de cualquier otra persona.
Elegirse implica, entre otras acciones: pedir lo que necesita, defenderse con firmeza, validar sus propias emociones, cuidar su cuerpo, mente y espíritu, tratarse como trataría a un amigo querido, fijar límites claros, permanecer fiel a sus valores y creencias, y tomar decisiones alineadas con su propio interés.
Aunque estas conductas suenan razonables y necesarias, muchas personas las encuentran extremadamente difíciles de practicar. Una razón común es la creencia errónea de que elegirse equivale a ser egoísta o indiferente. Sin embargo, es posible priorizarse sin dejar de considerar a los demás. Las relaciones adultas sanas se basan en el intercambio equilibrado: a veces se posponen las propias necesidades para apoyar a otros, y eso es válido. Pero cuando ocurre con excesiva frecuencia, se deteriora la salud física y emocional, generando agotamiento, resentimiento e insatisfacción.
Otra barrera fundamental es la falta de convicción sobre su propia valía. Algunas personas asumen que el valor personal debe ganarse, que solo ciertas personas merecen amor, felicidad o seguridad, o que no alcanzan los estándares comparativos con los demás —en inteligencia, apariencia, sentido del humor o logros—, concluyendo así que sus opiniones, necesidades, emociones y límites carecen de peso.
Es posible que haya recibido trato que reforzó esa idea, o incluso que le hayan dicho directamente que no importaba. Estas creencias son profundamente dolorosas, pero no son inmutables. Se pueden modificar mediante cambios tanto en los pensamientos como en las conductas. Para transformar los pensamientos, es clave observarlos con curiosidad, cuestionar su origen y verificar su veracidad, en lugar de aceptarlos como hechos absolutos. Lo que ha creído durante años puede provenir de la opinión de otra persona, no de la realidad objetiva. Usted decide qué cree sobre sí mismo, y puede optar por ideas que reflejen su valor intrínseco.
También se construye la autoestima actuando como lo haría con un amigo entrañable: comer al sentir hambre, descansar al estar cansado, hacer ejercicio, reconocer sus emociones, disfrutar de placeres sencillos, pasar tiempo al aire libre, dedicarse a aficiones, relacionarse con personas que lo apoyan, expresar sus opiniones, establecer límites, consolarse en momentos difíciles o escribir en un diario.
Muchos temen que defenderse dañe sus relaciones. En efecto, algunos ajustes pueden generar resistencia inicial. Pero defenderse no es egoísta ni implica desinterés por los demás. Las relaciones sanas se fundamentan en el respeto mutuo y el apoyo recíproco. Quienes lo valoran genuinamente desean que exprese sus necesidades, que sea más feliz, seguro y autónomo, y están dispuestos a negociar y a interesarse por lo que le importa.
En cambio, existen personas que prefieren que usted se comporte como un mero receptáculo de exigencias, sin mostrar interés real por su plenitud, su alegría o su confianza. La pregunta clave no es si tales vínculos existen, sino por qué mantener una relación cercana con alguien que espera tan poco de usted.
Puede tener relaciones así, aunque no sean las que realmente desea. Resulta difícil separarse de quienes apreciamos —o con quienes tenemos vínculos familiares—, aun cuando esos lazos resulten perjudiciales. No obstante, no necesita la autorización de nadie para elegirse. Nadie la otorgará, y usted no debe esperarla.
El primer paso consiste en fijar límites, solicitar lo que necesita, expresar sus sentimientos y opiniones, y priorizar el autocuidado. Algunas personas podrían resistirse, pero con el tiempo algunas se adaptarán e incluso valorarán su versión más asertiva, segura y realizada. Otras no lo harán, y entonces usted deberá decidir, de forma consciente, si y cómo desean seguir formando parte de su vida.
Solo usted puede determinar cuándo ha llegado el momento de empezar a elegirse. Si ya está listo, dé un pequeño paso hoy. Y si aún no lo está, tenga presente que siempre podrá comenzar cuando decida hacerlo.
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