Cultura y sociedad
Nancy Colier analiza por qué muchas mujeres intentan “recuperar” a su pareja tras ser heridas, asumiendo culpa y abandonando su verdad para evitar el rechazo, aunque eso profundice su dolor y perpetúe relaciones tóxicas.

En la segunda entrega de una serie sobre el impacto emocional del daño relacional, la psicoterapeuta Nancy Colier LCSW, Rev., explora un patrón recurrente: cuando una mujer expresa a su pareja el dolor que esta le ha causado, no recibe reconocimiento ni empatía, sino ira y defensividad. El propósito inicial —conectar, ser escuchada, obtener consuelo o una disculpa— se desvanece ante una respuesta hostil inesperada.
Ante esa reacción, muchas mujeres concluyen que el fallo radica en su propia comunicación: creen haber elegido mal las palabras, el momento o el contexto. Piensan que, si hubieran expresado su sufrimiento de forma más hábil, su pareja habría asumido responsabilidad, sentido remordimiento y priorizado su dolor, porque ella importa. Esta convicción las lleva a repetir el intento con nuevas estrategias lingüísticas, nuevas versiones del relato, nuevos guiones —hasta agotar todas las posibilidades de expresión sin lograr cambiar la respuesta.
Entonces surge una nueva estrategia: convertirse en la “culpable”. La mujer asume el rol del personaje que ha cometido una transgresión al señalar el daño recibido. Se disculpa por sus “acusaciones”, por no valorar suficientemente la buena intención de su pareja o por perturbar la armonía. Pero más allá de la culpa, lo que domina es el miedo: miedo a las consecuencias de su honestidad. Esas consecuencias pueden incluir ira intensificada, rechazo, retirada emocional, abandono o amenazas a su estabilidad financiera y familiar.
Cuando la estabilidad de la relación se ve amenazada, incluso de forma momentánea, se activa una respuesta de emergencia neurobiológica. El sistema nervioso entra en modo de supervivencia, anulando la capacidad racional. Aunque intelectualmente sepa que su dolor es legítimo y merecedor de empatía, la reacción real es abandonar su propio bienestar para restaurar el vínculo. Esa restauración se busca mediante gestos de sumisión afectiva: sonrisas forzadas, risas ante chistes ajenos, masajes, expresiones de aprecio, intimidad sexual —todo ello impulsado por el terror al vínculo roto.
Este comportamiento no es espontáneo, sino aprendido: es lo que se les ha enseñado y en lo que han sido entrenadas desde temprana edad —hacer que funcione para el otro, sin importar el costo personal. Saben muy bien cómo fingir que lo ocurrido no tiene importancia, cómo volver a ser “buenas chicas” para recuperar la aprobación. Lo que importa no es la justicia ni la integridad, sino que él vuelva a quererlas.
No obstante, incluso mientras actúan así, saben que este camino es insalubre, injusto y profundamente cruel consigo mismas. Carece de respeto propio y de autocompasión. Sin embargo, el impulso de supervivencia relacional es más fuerte: restablecer la conexión se convierte, de forma inmediata y urgente, en la única forma de autocuidado posible. La autenticidad, el coraje y la afirmación de la propia verdad quedan postergadas —“una vez que lo haya recuperado”. Pero esa promesa, formulada internamente, carece de convicción real.
En la tercera parte de la serie, Colier abordará cómo salir de este ciclo. Analizará cómo resistir el impulso automático de asumir la culpa por la incapacidad ajena de empatizar, y cómo atravesar el conflicto sin que el sistema primitivo de supervivencia tome el control. Porque ese mismo mecanismo —tomar responsabilidad por el fracaso ajeno y luego por su “perdón”— es el que vuelve a herirlas constantemente. Y, sobre todo, es lo que las mantiene atrapadas: no solo en relaciones dañinas, sino también en una relación deteriorada consigo mismas. No podemos controlar las acciones de nuestra pareja, pero sí podemos ejercer discernimiento y compasión hacia nuestras propias decisiones.
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