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Los dispositivos ultrasónicos contra el ladrido carecen de seguridad

Expertos en comportamiento canino advierten que los dispositivos ultrasónicos para detener el ladrido operan en rangos acústicos peligrosos, provocan hiperactivación crónica y no tienen evidencia científica que respalde su seguridad ni su eficacia.

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Los dispositivos ultrasónicos contra el ladrido carecen de seguridad
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Un grupo amplio de organizaciones veterinarias especializadas en comportamiento animal recomienda expresamente no utilizar dispositivos ultrasónicos para disuadir el ladrido. Estos aparatos —que se presentan como cercas, collares o unidades independientes— emiten pulsos sonoros agudos, generalmente entre 24 y 25 kHz, con intensidades de 110 a 120 decibelios: frecuencias inaudibles para los humanos, pero plenamente perceptibles por los perros.

Carencia de estudios sobre seguridad y eficacia

Ninguna empresa fabricante ha proporcionado evidencia científica que demuestre la seguridad de estos productos. Al contactar a varias compañías, todos sus representantes afirmaron que sus dispositivos eran seguros, pero ninguno pudo citar un estudio empírico que lo respaldara. Una empleada mencionó vagamente una posible evaluación realizada alrededor de 2003 por una organización que identificó como “ASPA”, confundiendo al ASPCA —la cual, de hecho, se ha opuesto públicamente a estos dispositivos—. Otra justificó su supuesta inocuidad señalando que los productos “se venden en todas partes, en Amazon y Chewy”, argumento que no constituye evidencia, sino ausencia de datos interpretada erróneamente como garantía.

Riesgos auditivos y fisiológicos documentados

Los niveles de presión sonora emitidos superan ampliamente el umbral de riesgo para la audición canina, que comienza aproximadamente en 80 decibelios. Aunque el sonido de alta frecuencia se atenúa rápidamente con la distancia, no existe investigación que haya evaluado sistemáticamente los efectos acumulativos de pulsos repetidos de 25 kHz a esa intensidad sobre el sistema auditivo o nervioso del perro. Las propias instrucciones de uso de los fabricantes prohíben su empleo en cachorros menores de un año y en perros con pérdida auditiva previa, lo que revela una conciencia implícita de su potencial nocividad —sin que dichas empresas hayan financiado estudios que confirmen o descarten esos riesgos.

Hiperactivación crónica y daño psicológico

La exposición repetida a un estímulo aversivo impredecible desencadena una activación sostenida del sistema de estrés: liberación de cortisol y adrenalina, y un estado constante de alerta ante amenazas inexistentes. Esta hiperarousal crónica se asocia con el desarrollo de ansiedad, fobias, dificultades para aprender y aumento de la reactividad o agresividad. Además, los micrófonos integrados son poco selectivos y suelen activarse erróneamente ante ruidos ambientales —viento, tráfico, ladridos de otros perros o incluso voces humanas—, castigando al animal por conductas que no ha emitido. El perro no puede asociar la consecuencia negativa con ninguna acción específica, lo que genera un entorno percibido como impredecible y amenazante.

Una forma de castigo sin fundamento técnico

Estos dispositivos constituyen una forma de castigo positivo, es decir, la aplicación de un estímulo aversivo tras una conducta. Sin embargo, dicho enfoque no informa al perro sobre qué alternativa debe adoptar. Tanto la Sociedad Americana de Veterinarios de Comportamiento Animal como la Asociación Veterinaria Australiana han emitido posiciones oficiales: la primera advierte que los métodos basados en castigo conllevan riesgos documentados de incremento del miedo y la agresión; la segunda va más lejos y afirma categóricamente que el castigo no tiene lugar alguno en la educación canina.

Abordar la causa real del ladrido

El ladrido responde a motivaciones específicas: alarma territorial, miedo, aburrimiento, saludo o juego. Aplicar una solución uniforme e indiscriminada —como una descarga acústica— no resuelve ninguna de esas causas subyacentes. Los perros pueden habituarse al estímulo, volverse más inquietos o simplemente perder confianza en su entorno. Ninguno de esos resultados coincide con lo que buscan los dueños comprometidos con el bienestar de sus mascotas. La alternativa efectiva requiere identificar la razón del ladrido y enseñar, mediante refuerzo positivo, una conducta alternativa funcional. No es un recurso secundario: es el único método que ofrece al perro una opción real frente al miedo.

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