Cultura y sociedad
Un psicólogo explica cómo los mensajes repetidos a los niños —“eres demasiado ruidoso”, “no eres suficientemente responsable”— socavan su sentido de valía y transmiten un amor condicional, y propone estrategias concretas para interrumpir ese patrón.

Los niños internalizan profundamente las etiquetas que les asignan sus figuras de apego: “eres demasiado”, “no eres suficiente”. Estas frases no son meras observaciones; funcionan como juicios que erosionan su autoimagen y les hacen experimentar el amor recibido como algo precario, sujeto a condiciones casi imposibles de cumplir.
Algunos niños responden intentando ajustarse desesperadamente: reducir su voz, contener su energía, suprimir su sensibilidad o forzar una sociabilidad que no les pertenece. Otros se retiran, se rebelan o abandonan la lucha por ser aceptados. En ambos casos, el daño radica en la percepción de que su existencia misma —tal como es— no resulta digna de amor incondicional.
El psicólogo canadiense Gordon Neufeld, coautor del libro Hold On To Your Kids, junto con Gabor Maté, ha analizado este fenómeno con precisión. Según él, cuando un niño recibe mensajes como “cállate”, “vete a tu habitación hasta que sonrías” o “no seas un bebé”, lo que realmente percibe es que el amor se retira en función de su conducta momentánea. Esa retirada no depende de decisiones conscientes del menor, sino de emociones naturales —ira, miedo, necesidad de cercanía, entusiasmo desbordante— que escapan a su control voluntario.
Neufeld sostiene que el desarrollo emocional y madurativo requiere un entorno de amor incondicional. Una de sus frases más citadas afirma: “Los niños nunca deben tener que trabajar por el amor; deben descansar en él”. Trabajar por el amor implica, entre otras cosas, esforzarse por no ser “demasiado” ni “insuficiente”: hablar, pero sin alzar la voz; expresar emociones, pero con “educación”; mostrar interés, pero sin obsesionarse; ser inteligente, pero sin parecer arrogante; participar, pero sin imponerse; estar quieto, pero sin volverse pasivo; tener precaución, pero sin caer en el miedo constante. Ningún niño puede navegar esa contradicción constante.
La herida no se limita a la infancia. Muchos adultos siguen reproduciendo internamente esos mismos mensajes: “soy demasiado sensible”, “no soy lo suficientemente capaz”, “debo callar para no molestar”. Esa voz crítica interior no es innata; es una internalización de las voces externas que alguna vez definieron su valor en términos comparativos y restrictivos.
La primera acción terapéutica consiste en interrumpir ese hábito de autorreproche. Una técnica recomendada es escribir una carta dirigida a quien le transmitió, directa o indirectamente, la idea de que era “demasiado” o “insuficiente”. No se trata de una carta para enviar, sino de un ejercicio introspectivo. Puede redactarse incluso si la persona ya no está viva o ha cambiado radicalmente desde entonces. El objetivo es articular con claridad cómo esos mensajes afectaron su bienestar emocional y afirmar, con firmeza, que merece amor sin condiciones.
Otra variante consiste en dirigir la carta a una figura simbólica que habita dentro: “Demasiado”, o “Insuficiencia”. En ella, se les invita a retirarse, a dejar de ocupar espacio en la vida emocional del adulto que ahora es.
Reconocer que uno mismo ha emitido mensajes similares a sus hijos —“¡cállate!”, “¿por qué no puedes comportarte como los demás?”, “eso no es propio de alguien de tu edad”— no es motivo de culpa, sino señal de conciencia. El paso siguiente es desarrollar una vigilancia activa: detenerse antes de pronunciar frases que juzgan la esencia del niño, en lugar de su conducta puntual.
Cuando el mensaje ya ha salido, es válido pedir una corrección inmediata: “Voy a decirlo de otra manera”, seguida de una reformulación centrada en la experiencia propia, usando frases en primera persona —“Siento que me cuesta escucharte cuando gritas”, “Necesito un momento de calma antes de seguir hablando”— en lugar de acusaciones o etiquetas.
Frente al impulso de aislar al niño —mandarlo a su cuarto, ignorarlo o retirar la atención— se propone una alternativa llamada “tiempo compartido”: acercarse físicamente con un abrazo, iniciar una conversación tranquila o ofrecer empatía cálida. Esta respuesta transmite, mucho más eficazmente que cualquier frase que comience con “te quiero, pero…”, que el vínculo permanece intacto, independientemente del estado emocional del menor.
Recordar que el niño no es “demasiado”, ni “poco”, ni “incorrecto”: simplemente *es*. Y que esa verdad también aplicó al propio adulto, en su infancia.
Líbano
Mundo
Salud
Tecnología y ciencia