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América Latina experimenta un avance de la derecha extrema con apoyos a Trump, pero persisten dudas sobre la solidez de estas alianzas políticas.

El expresidente estadounidense Donald Trump celebró públicamente la victoria de Abelardo de la Espriella en las elecciones presidenciales de Colombia el 21 de junio, a quien apodó "el tigre".
Este candidato de derecha extrema se suma a una lista creciente de líderes conservadores en América Latina, región que avanza hacia la derecha con notable rapidez, mientras Trump manifiesta satisfacción con esta tendencia. Sin embargo, surge la interrogante sobre si la afinidad ideológica basta para consolidar alianzas sólidas.
Desde Tegucigalpa hasta Buenos Aires, se observa una ola de cambios políticos. En marzo, José Antonio Kast desplazó a la izquierda en Chile; en junio, De la Espriella ganó en Colombia; y el 24 de ese mes, Keiko Fujimori anunció su camino hacia la presidencia en Perú.
Antes de estos eventos, Nayib Bukele estableció en El Salvador un modelo excepcional basado en la suspensión de libertades civiles bajo el argumento de combatir la delincuencia, mientras Daniel Noboa fue reelecto en Ecuador para el año 2025.
En Argentina, Javier Milei obtuvo en octubre de 2025 una mayoría legislativa que le permitirá avanzar con su proyecto libertario radical.
El diario Le Monde resume la situación general: la mayoría de los países latinoamericanos están gobernados por corrientes de derecha o extrema derecha, con dos excepciones principales: México y Brasil.
Lo que une a estos líderes con contextos nacionales diversos no es casualidad, sino un hilo ideológico común que Le Monde identifica claramente: la lucha contra la inmigración fue "esencial para explicar el regreso de la extrema derecha al Palacio de La Moneda" en Santiago.
El compromiso de combatir la delincuencia "por todos los medios disponibles, incluso a costa de la ley" se repite desde Bogotá hasta Santiago y en los países intermedios.
Este fenómeno político se evidenció en marzo, cuando Trump reunió en Florida a la mayoría de los presidentes de derecha y extrema derecha en una cumbre denominada "Escudo de las Américas".
Thomas Bousado, profesor de civilización latinoamericana contemporánea en la Universidad de Ruan-Normandía, analizó para Huffington Post que "Trump es uno de los factores que unifica este extremismo, pero lo que se construye podría parecer más una esclavitud voluntaria que una alianza".
El dominio de Trump no se limita a lo ideológico. El 3 de enero, el presidente venezolano Nicolás Maduro fue detenido en Caracas durante una operación militar estadounidense especial, acusado de participar en el narcotráfico.
Según Le Monde, esta acción no generó una ola significativa de críticas en América Latina, debido a la "política que sumió a un país rico en petróleo en una crisis económica interminable".
Además, Washington intensifica la presión sobre el desgastado régimen cubano.
Huffington Post recordó un aspecto crucial: el comercio.
China es el principal socio comercial de numerosos países latinoamericanos, habiendo ocupado el espacio dejado por la retirada estadounidense de la región durante años.
El intercambio comercial entre América Latina y Estados Unidos "sigue rezagado" en comparación con el que mantienen con Pekín, una realidad que no se aborda en los discursos políticos.
Bousado profundiza en este análisis: aunque los gobiernos puedan coincidir ideológicamente con Washington, "no necesariamente existe un apoyo popular a esta alianza" en sociedades que mantienen vínculos económicos estrechos con China. Los nuevos líderes pueden recibir a Trump con agrado, pero no arriesgarán cortar sus conexiones económicas con Pekín para complacer a Washington.
El próximo evento electoral en Brasil, previsto para octubre, es observado con atención por analistas.
El actual presidente Lula da Silva, que busca un nuevo mandato, competirá contra Flavio Bolsonaro, hijo del expresidente condenado a veintisiete años de prisión por intento de golpe de Estado.
Trump respalda al hijo Bolsonaro, y si este gana, se completaría el mapa de la extrema derecha en la mayor nación del continente.
No obstante, incluso en ese escenario, persiste la pregunta: ¿qué implica gobernar con una derecha extrema en América Latina bajo la influencia de Trump? ¿Se trata de alianzas estratégicas reales o solo de "declaraciones coincidentes y relaciones bilaterales pragmáticas que mantienen la puerta abierta a Pekín"?
Esta interrogante no encuentra respuesta en el entusiasmo ruidoso que genera Trump.
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