Salud
La especialista en medicina interna Yelena Aleksentseva explica que los cambios persistentes en el olor corporal pueden indicar enfermedades hepáticas, renales o diabetes, más allá de la higiene personal.

La doctora Yelena Aleksentseva, especialista en medicina interna, señala que el sudor en condiciones normales es prácticamente inodoro. La percepción de olor surge cuando las secreciones sudoríparas entran en contacto con las bacterias residentes sobre la piel.
Este proceso genera compuestos volátiles responsables del aroma característico del cuerpo humano. Su intensidad se incrementa especialmente en las zonas axilares e inguinales, donde la actividad bacteriana es mayor.
Aleksentseva subraya que una modificación sostenida en el olor corporal no siempre responde a factores de higiene. Puede constituir un indicador clínico temprano de trastornos orgánicos subyacentes. Por ejemplo, un olor similar al de la acetona sugiere posible diabetes descompensada; una nota amoniacal puede asociarse con disfunción renal; y un aroma a huevo podrido podría reflejar alteraciones hepáticas.
La intensidad del olor depende de múltiples variables: volumen de sudor secretado, estado cutáneo, composición del microbioma dérmico, predisposición genética, régimen alimentario y estilo de vida. El exceso de sudor favorece la proliferación bacteriana, mientras que la presencia de vello en ciertas regiones retiene humedad y potencia la emanación olfativa.
La especialista aclara que el baño regular no garantiza necesariamente la ausencia de olor anómalo. Cambios hormonales, estrés psicológico o el consumo de ajo, cebolla, especias picantes y alcohol pueden modificar de forma notable el perfil olfativo, ya que algunos de sus metabolitos se eliminan a través de la piel.
Cuando no se identifica una causa evidente para la variación olfativa —y esta persiste en el tiempo— Aleksentseva recomienda acudir a un médico especializado. Determinadas patologías generan aromas específicos que sirven como pistas diagnósticas en la evaluación inicial.
Entre sus recomendaciones figuran el mantenimiento riguroso de la higiene personal, la selección adecuada de productos dermatológicos y el uso de prendas transpirables. Distingue claramente entre desodorantes, que enmascaran el olor, y antitranspirantes, cuya función es reducir la producción de sudor.
Para Aleksentseva, el olor corporal resulta de una interacción multifactorial entre la piel, la microbiota, la dieta y el estado fisiológico general. Cualquier cambio perceptible y duradero debe considerarse una señal de alerta que requiere seguimiento médico.



