Cultura y sociedad
El costo psicológico de la mejora constante
El crecimiento personal se vuelve dañino cuando se convierte en una condición para sentirse suficiente y afecta la experiencia de vida.

Vivimos en una sociedad que exalta la superación personal, donde siempre hay un nuevo objetivo que alcanzar, una habilidad que aprender o un hábito que incorporar para optimizarnos. La consigna es hacer más, ser más, lograr más y convertirse en la mejor versión de uno mismo. Sin embargo, el problema surge cuando el crecimiento deja de ser una búsqueda y se transforma en una necesidad para sentirse lo suficientemente valioso.
Como psicoterapeuta, Carolyn Karoll LCSW-C, CEDS-C, especializada en recuperación de trastornos alimentarios, observa con frecuencia que muchas personas creen que con una promoción, un título, una relación o una dieta más se sentirán finalmente completas. En psicología, este fenómeno se denomina autoestima contingente: la creencia de que el valor propio depende de alcanzar ciertos estándares o resultados.
El inconveniente radica en que el logro es una base inestable para construir una identidad. Los objetivos se cumplen, las circunstancias cambian, las expectativas aumentan y la atención se dirige rápidamente a lo siguiente. Cuando la autoestima depende del rendimiento, nunca se siente segura porque siempre hay un nuevo estándar que cumplir.
Cómo el crecimiento puede reducir la experiencia de vida
Esta mentalidad se manifiesta de forma sutil. Por ejemplo, una persona no disfruta la cena porque está pensando en las calorías y en cómo compensarlas al día siguiente. Otra pasa sus vacaciones preocupada por las rutinas de ejercicio que dejó de hacer, en lugar de estar presente con sus seres queridos.
En ambos casos, la vida sucede, pero la atención está en otro lugar. La mente se concentra en corregir, mejorar, evaluar o prepararse para lo que viene. El presente se convierte en algo que hay que soportar en vez de experimentar.
La alegría se vuelve condicional, el descanso parece inmerecido, las relaciones compiten con la productividad y el éxito solo ofrece un alivio momentáneo antes de que aparezca la próxima meta. Las experiencias empiezan a sentirse como recompensas que hay que ganar y no como partes de la vida que ya podemos disfrutar.
Por eso, muchas personas posponen usar el traje de baño, postular a un empleo, invitar a alguien a salir, tomar vacaciones o aparecer en la foto familiar. No solo esperan mejores circunstancias, sino convertirse en alguien que creen merecedor de esos momentos.
La vida no espera. Mientras nos preparamos para sentirnos lo suficientemente confiados, exitosos, atractivos o realizados, los momentos presentes pasan sin posibilidad de repetición.
¿Para qué sirve tu crecimiento personal?
Carolyn Karoll aclara que no está en contra del crecimiento personal, pues ayudar a las personas a desarrollarse es la base de su trabajo. Sin embargo, plantea una pregunta fundamental que no se formula con la frecuencia necesaria: ¿Para qué sirve tu crecimiento?
No hay nada malo en tener metas. Aprender, mejorar, construir una carrera, fortalecer relaciones y cuidar la salud pueden enriquecer la vida. El problema aparece cuando el logro se convierte en la medida del valor propio.
El crecimiento basado en el respeto hacia uno mismo se percibe de manera distinta. Las metas siguen siendo importantes, pero ya no definen si uno es suficiente. Se transforman en expresiones de los valores personales y no en pruebas del valor propio.
Paradójicamente, abandonar la necesidad de ganar el propio valor suele hacer que el crecimiento sea más sostenible. Los retrocesos se ven como información y no como fracasos personales. El éxito se aprecia en lugar de aferrarse a él. Es posible perseguir objetivos significativos sin perder la conexión con las personas queridas y con la vida que se desarrolla alrededor.
Quizás convertirse en la "mejor versión de uno mismo" no consiste en ser siempre más, sino en depender menos del logro para definir quién se es.
El crecimiento es uno de los mayores regalos de la vida, pero su propósito no es hacerte merecedor de una vida con sentido, sino ayudarte a construir una vida significativa recordando que tu valor nunca fue algo que tuvieras que ganar.
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