Cultura y sociedad
La disociación como respuesta al trauma, no como trastorno
Un análisis científico explica por qué la disociación —derealización, despersonalización y trastorno de identidad disociativo— es una respuesta adaptativa al trauma, no un síntoma patológico a eliminar.

La disociación no es un diagnóstico aislado, sino una respuesta psicológica común ante el trauma, presente en un espectro que va desde experiencias cotidianas hasta trastornos clínicos definidos. Estudios indican que entre el 2 % y el 10 % de la población experimentará síntomas disociativos en algún momento de su vida.
En personas con trastorno de estrés postraumático (TEPT), esa prevalencia se eleva significativamente: del 38 % al 48 % cumplen los criterios para el subtipo disociativo (TEPT-DS). Esta superposición estadística refuerza la relación empírica entre el trauma y los estados disociativos, cuya función primaria es proteger al individuo frente a amenazas abrumadoras cuando la huida o la lucha no son posibles.
La desrealización, la despersonalización y el trastorno de identidad disociativo coexisten con múltiples condiciones psiquiátricas, pero también aparecen fuera de contextos diagnósticos formales. Su naturaleza transdiagnóstica dificulta su reconocimiento clínico temprano. Martin Dorahy, psicólogo clínico e investigador especializado en disociación de la Universidad de Canterbury, en Nueva Zelanda, señala que quienes viven estos estados rara vez los mencionan espontáneamente: “No los ofrecen como quien con depresión describe su estado de ánimo bajo”.
Esa reticencia contribuye a diagnósticos tardíos, erróneos o inadecuados. Con frecuencia, los síntomas disociativos —sobre todo los asociados a alteraciones de la memoria— se confunden con psicosis o trastorno límite de la personalidad. Persiste además la falsa creencia de que tales experiencias son fabricadas o exageradas, lo que profundiza el aislamiento de quienes las reportan.
Bethany Brand, profesora de psicología en la Universidad de Towson y referente internacional en investigación sobre trauma y trastornos disociativos, desarrolló un programa basado en evidencia para personas con trauma complejo y disociación. El diseño integra hallazgos clínicos, conocimiento terapéutico y retroalimentación directa de quienes viven estas realidades. Incluye herramientas prácticas para anclaje, regulación emocional y autocompasión.
“Los sobrevivientes de trauma entran en estados disociativos con mayor rapidez”, explica Brand. “Esto les permite evitar sentir el dolor emocional o físico total del evento traumático. Pero, con el tiempo, esta respuesta automática puede afectar su funcionamiento diario y su conciencia, aumentando su vulnerabilidad a nuevas victimizaciones y a una desconexión emocional persistente.”
Entender la disociación únicamente como un conjunto de síntomas conduce a intervenciones superficiales. Su origen no es secundario ni accesorio: el trauma es, con frecuencia, la causa raíz. Reconocer ese vínculo no solo es clave para diseñar tratamientos efectivos, sino para abordar las causas fundamentales, en lugar de medicalizar sus manifestaciones.
La recuperación exige validar la disociación como una estrategia psicológica defensiva ante daños insoportables y, simultáneamente, trabajar activamente para restablecer los vínculos interrumpidos por el trauma: con uno mismo, con los demás y con la realidad.
Suliana Beraki es estudiante de investigación en la Universidad de York.
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