Cultura y sociedad
Las tres causas del sufrimiento humano según el budismo y la psicología
Un psicólogo especializado en alto rendimiento explica cómo el apego, la aversión y la ignorancia generan sufrimiento, y cómo recuperar la presencia es clave para superar adicciones y actuar con eficacia bajo presión.

El sufrimiento humano no surge al azar. Según una enseñanza budista que el doctor Ben Bernstein retomó tras un retiro de meditación silenciosa de diez días en el norte de la India, tiene tres causas fundamentales: el apego, la aversión y la ignorancia. Estas tres fuerzas operan de forma constante, alejándonos del momento presente y alimentando patrones destructivos en la vida personal y profesional.
El apego como anclaje ilusorio
El apego no se limita a objetos materiales ni a relaciones afectivas. Incluye también las expectativas sobre cómo deberían ser las cosas: “Quiero ser feliz”, “Quiero tener éxito”, “Quiero que mis hijos sean así”, “Quiero que mi jefe me trate mejor”. Cada deseo fijado como condición para la paz interior refuerza una identidad basada en lo que falta, no en lo que es. Bernstein observa que este mecanismo está profundamente arraigado en procesos adictivos, donde el sujeto busca repetidamente una sensación que nunca se sostiene.
La aversión como rechazo constante
La aversión es su contraparte directa: el rechazo activo hacia lo que ocurre. “No me gusta el frío”, “No soporto cómo me habla mi compañero de trabajo”, “No acepto tener pocos recursos”. No se trata solo de desagrado puntual, sino de una postura sostenida frente a la realidad: negar lo que es, en lugar de reconocerlo. En contextos de alta exigencia —como el deporte olímpico o la cirugía—, esa resistencia al momento actual impide la ejecución fluida, incluso cuando la habilidad técnica está plenamente desarrollada.
La ignorancia como desconocimiento del flujo
La tercera causa, la ignorancia, no significa falta de información, sino una ceguera estructural ante la naturaleza cambiante de la experiencia. Bernstein la define como la incapacidad para percibir que cada instante es único e irrepetible: cada respiración, cada parpadeo, cada contacto con la brisa es un comienzo absoluto. La mente, en cambio, construye una narrativa continua —“mi vida es un caos”, “siempre he sido así”— y luego se aferra a ella como si fuera una verdad objetiva. Esa historia, no la realidad, se convierte en el filtro dominante.
Rendimiento bajo presión y presencia radical
Durante cuatro décadas, Bernstein ha trabajado con atletas olímpicos, cirujanos y primeros respondedores. Su hallazgo central es que el rendimiento óptimo no depende de la memoria del pasado ni de la proyección del futuro, sino de la capacidad de estar completamente en el ahora. El ejemplo de Shaquille O’Neal ilustra esto: su porcentaje de tiros libres fue del 52,7 % en toda su carrera, no por carecer de técnica, sino porque, bajo presión, su atención se desviaba del instante presente hacia historias de fracaso o expectativas de perfección.
Fundadores visionarios y ciclos adictivos
En años recientes, Bernstein ha ampliado su práctica a fundadores de empresas con propósitos sociales. Muchos de ellos, sometidos a presiones extremas, recurren a conductas adictivas —alcohol, pornografía, juego— como vía de escape. En lugar de enfrentar lo que ocurre *ahora*, buscan alivio inmediato. El trabajo terapéutico se centra entonces en interrumpir los hábitos no productivos generados por el apego, la aversión y la ignorancia, para restablecer la capacidad de responder con claridad ante cada desafío, sea deseado o no.
Recuperación y el poder del “un día a la vez”
Bernstein comparte su propia experiencia: 37 años en recuperación de dos adicciones, con participación regular en reuniones de los Doce Pasos. La frase “un día a la vez” no es una consigna motivacional, sino una aplicación práctica de la enseñanza budista: cada día es nuevo, cada momento es una oportunidad real. El ciclo tóxico —aversión (“no soporto mi vida”), apego (“esto me hará sentir bien”) e ignorancia (“nunca saldré de esto”)— solo se rompe mediante acciones concretas en el presente: no tomar la bebida, no abrir el sitio web, no hacer la apuesta.
La libertad inherente al instante
Salir del pantano de las historias personales —“siempre quiero ser así”, “mi vida es un desastre”— exige reconocer cómo funciona la vida: como una sucesión ininterrumpida de momentos frescos. No hay continuidad sustancial, solo transición constante. Respirar, parpadear, sentir el aire en la piel: cada uno de esos actos es una puerta de salida. Romper las cadenas de una identidad construida sobre relatos permite vivir la existencia tal como fue concebida: sin necesidad de justificarla, corregirla o escapar de ella.
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