Cultura y sociedad
Una terapeuta especializada explica que los conflictos recurrentes entre hermanos neurodivergentes suelen derivar de necesidades sensoriales opuestas —como búsqueda versus evitación auditiva— y propone estrategias prácticas para equilibrarlas.

Jennifer Cork, DSW y LCSW, especialista en neurodiversidad, describe un patrón frecuente en su práctica clínica: hermanos con perfiles sensoriales opuestos entran en conflicto constante porque sus necesidades fisiológicas básicas entran en colisión. Este fenómeno no es rivalidad típica entre hermanos, sino una expresión directa de diferencias neurobiológicas en el procesamiento sensorial.
Al inicio de su carrera, Cork atendía individualmente a dos hermanos pequeños. La madre solicitó sesiones conjuntas tras reportar peleas persistentes en el hogar que afectaban a toda la familia. Durante las primeras sesiones colectivas, los niños comenzaron a discutir casi de inmediato. Cork observó y registró sistemáticamente su interacción en varias visitas para confirmar la consistencia de los comportamientos. Luego convocó a los padres y les explicó: “He identificado el problema: sus hijos tienen perfiles sensoriales opuestos”.
Uno de los hermanos mostraba búsqueda auditiva: golpeaba juguetes con fuerza, hablaba en voz alta, cantaba y producía ruidos repetidamente, y se mostraba incómodo en ambientes silenciosos. El otro hermano era evitador auditivo: primero pedía que su hermano bajara la voz; al no lograrlo, su malestar crecía progresivamente hasta desembocar en explosiones emocionales. Este ciclo se repitió en cada sesión conjunta.
A lo largo de los años, Cork ha documentado este mismo escenario en múltiples familias: un hermano presenta hiposensibilidad —requiere más estímulos sensoriales para regularse— y el otro, hipersensibilidad —se sobrecarga con estímulos que otros toleran sin dificultad. Ambas condiciones son válidas y están vinculadas a sus neurotipos, pero su coexistencia genera una paradoja funcional: satisfacer la necesidad de uno implica vulnerar la del otro.
Por ejemplo, el niño que necesita más entrada sensorial tiene una necesidad legítima de ruido, movimiento o luz intensa; mientras que el que necesita menos estímulo también tiene una necesidad legítima de calma, oscuridad y quietud. No se trata de preferencias, sino de requisitos neurofisiológicos.
No existen soluciones universales ni sencillas, pero sí acciones concretas que pueden implementarse:
Hablar abiertamente sobre las necesidades sensoriales. Las conversaciones deben adaptarse a la edad y comprensión de cada niño, pero incluso los más pequeños pueden aprender a reconocer sus propias señales y entender que su hermano experimenta el mundo de forma distinta. Esta comunicación normaliza las diferencias y fortalece la autorregulación y la autodefensa.
Reflexionar sobre el lenguaje usado: las necesidades sensoriales no son un problema ni una carga. Son tan fundamentales como respirar o alimentarse. Cada niño debe saber que su forma de procesar el entorno es válida y necesaria para su funcionamiento diario.
Crear espacios sensoriales diferenciados. Un área de bajo estímulo —con poca luz, silencio y mínima estimulación visual— puede ser un refugio efectivo para quien busca calma. No requiere dimensiones especiales: muchos adultos autistas, incluida la propia Cork, usan armarios o rincones acolchados como espacios de regulación. Asimismo, un espacio de alto estímulo —con música, luces brillantes, objetos táctiles y libertad de movimiento— permite al niño que necesita más entrada liberar energía sin afectar a los demás.
Preparar bolsas sensoriales individuales. Cada niño puede tener una mochila, bolso o estuche personalizado con elementos como fidgets, auriculares, gafas de sol u otros apoyos. El uso debe ser proactivo: colocar las gafas antes de entrar a un lugar con luz intensa, no después de sentir molestia.
Es común que al menos uno de los progenitores sea también neurodivergente. Por tanto, los conflictos sensoriales no se limitan a los hermanos: pueden extenderse a las interacciones entre padres e hijos. Los adultos deben reconocer sus propias señales de sobrecarga y aplicar estrategias similares: usar auriculares, ajustar la iluminación, buscar pausas o seleccionar ruidos de fondo compatibles con todos. Atender las propias necesidades no es egoísta; es una condición necesaria para sostener el cuidado compartido.
En familias neurodivergentes, hablar de las necesidades sensoriales debe ser tan habitual como hablar de la cena. Una frase como “¿Quieres tus auriculares durante esta comida tan agradable?” no es una excepción, sino parte de una cultura doméstica de respeto mutuo y regulación compartida.
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