Economía
Japón registra la mayor ratio de deuda pública respecto al PIB del mundo: 214,5 % al cierre de 2025, según datos oficiales citados por Forbes.

Japón encabeza la lista global de países por ratio de deuda pública sobre producto interno bruto, con un nivel de 214,5 % al finalizar 2025. Esta cifra supera ampliamente a Italia, en 134,7 %, y a Estados Unidos, en 122,3 %, según datos de la Agencia de Finanzas Públicas del Ministerio de Finanzas japonés para 2026, citados por la revista Forbes.
El país no ha experimentado una crisis de deuda soberana pese a su elevada carga financiera, gracias a que la mayor parte de sus bonos gubernamentales está en manos de inversores locales. El Banco de Japón posee solo por sí mismo el 43 % de los títulos públicos en circulación hasta finales de 2025, mientras que los bancos detentan el 16 %, las compañías de seguros el 14 %, y los fondos de pensiones el 6 %. En contraste, la participación de los inversores extranjeros no supera el 13 %, según la publicación mensual del Ministerio de Finanzas japonés.
Las raíces estructurales de esta situación se remontan al Acuerdo de Plaza de 1985, pactado entre Estados Unidos, Japón, Alemania Occidental, Francia y Reino Unido para depreciar el dólar frente a las principales monedas. Como consecuencia, el yen se revalorizó significativamente, afectando la competitividad de las exportaciones japonesas.
Para contrarrestar la desaceleración económica, el Banco de Japón redujo su tasa de interés desde el 5 % hasta el 2,5 % a principios de 1987. Esa medida impulsó una expansión crediticia masiva y un flujo abundante de liquidez hacia los mercados bursátil e inmobiliario, generando una burbuja especulativa de gran magnitud.
Tras su implosión, el índice Nikkei 225 cayó desde su máximo histórico de 38.915,87 puntos en diciembre de 1989 hasta 14.309,41 puntos en agosto de 1992, perdiendo cerca de dos tercios de su valor. Paralelamente, los precios del suelo entraron en una fase prolongada de descenso, se acumularon préstamos morosos en el sistema bancario y tanto empresas como hogares priorizaron la reducción de deudas y la contención del gasto, lo que precipitó décadas de crecimiento débil y deflación conocidas como las “décadas perdidas”.
Los efectos de la crisis se prolongaron por más de veinte años, llevando al Banco de Japón a adoptar medidas monetarias no convencionales: tasas de interés cercanas a cero y negativas, así como programas masivos de compra de activos. Estas acciones buscaban combatir la deflación y restablecer una tasa de inflación anual del 2 %.
Mientras el resto del mundo iniciaba un ciclo de endurecimiento monetario tras 2022, Japón mantuvo su política expansiva durante más tiempo. En ese contexto, la Reserva Federal estadounidense elevó su tasa de referencia hasta el 4,5 %. No fue sino hasta agosto de 2024 cuando el Banco de Japón ajustó su tasa, pasándola del 0,3 % al 0,5 %, lo que amplió la brecha de rendimientos y acrecentó la presión sobre el yen.
Según datos oficiales del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, Japón es el principal acreedor extranjero de bonos del Tesoro norteamericano, con una tenencia de 1,14 billones de dólares hasta mayo de 2026. Esta posición supera a la del Reino Unido, con 948.600 millones de dólares, y a la de China, con 659.300 millones de dólares.
Parte sustancial de las reservas internacionales japonesas —acumuladas mediante superávits comerciales— se invierte en estos títulos, considerados activos seguros y líquidos. Además, dichas tenencias sirven como instrumento operativo para intervenciones en el mercado cambiario destinadas a sostener el yen.
Cuando el yen enfrenta presiones severas, el Ministerio de Finanzas japonés interviene comprando yenes y vendiendo dólares, valiéndose de sus cuantiosas reservas de divisas, parte de las cuales están colocadas en bonos del Tesoro estadounidense.
Estas operaciones adquieren relevancia sistémica, dado que la estabilidad del yen está vinculada a la salud de los mercados financieros globales. Una venta masiva de bonos del Tesoro podría elevar sus rendimientos y encarecer el costo del financiamiento internacional.
Washington ya había participado en intervenciones coordinadas para apoyar el yen en 1998 y 2011. En agosto de 2026, Estados Unidos y Japón llevaron a cabo una nueva acción conjunta tras la caída del yen a su nivel más bajo en aproximadamente cuatro décadas. Fue la primera intervención directa estadounidense en favor de la moneda japonesa desde 2011.
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