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Un análisis de 6.690 adultos vincula patrones dietéticos saludables con una mejor identificación de olores y menor riesgo de hiposmia.

Investigadores han determinado que los hábitos alimenticios influyen significativamente en la capacidad del ser humano para detectar y distinguir aromas. Un estudio reciente, publicado en la revista Chemical Senses, examina la correlación entre diversos patrones dietéticos y la función olfativa en la población general.
La pérdida del olfato se asocia con una disminución en la calidad de vida, malnutrición y mayor mortalidad por todas las causas en personas mayores. La prevalencia de esta disfunción alcanza el 22%, siendo sus principales causas enfermedades nasosinusales, traumatismos craneoencefálicos e infecciones respiratorias altas.
La dieta desempeña un papel crucial en la aparición de enfermedades crónicas neurológicas, cardiovasculares y metabólicas. Evidencias previas sugieren que dietas poco saludables reducen la discriminación olfativa y provocan la pérdida de neuronas sensoriales. En humanos, la dieta occidental, alta en azúcares y grasas, se ha relacionado con una peor identificación de olores.
Para clarificar estas relaciones, el equipo científico utilizó datos transversales del estudio Cooperative Health Research in South Tyrol (CHRIS), que incluye a casi 13.400 adultos italianos. De esta cohorte, se analizaron finalmente 6.690 participantes con una edad media de 44,5 años.
Los sujetos completaron cuestionarios sobre estilo de vida, salud y datos sociodemográficos, además de proporcionar muestras biológicas. La función olfativa se evaluó mediante la prueba validada Sniffin’ Sticks de identificación de 16 olores. Aquellos que identificaron 12 o menos fueron clasificados con hiposmia, definida como una reducción del sentido del olfato.
Se calcularon varios índices para evaluar la ingesta: la Dieta Mediterránea (MED), el Índice Alternativo de Alimentación Saludable 2010 (AHEI) y tres variantes de la dieta basada en plantas (PDI, hPDI y uPDI). El índice saludable (hPDI) prioriza alimentos vegetales sanos, mientras que el no saludable (uPDI) favorece opciones menos nutritivas.
Los modelos estadísticos ajustaron variables como sexo, edad, educación, índice de masa corporal (IMC), tabaquismo, hipertensión y consumo energético total. Los individuos en el cuartil superior de función olfativa tendían a ser más jóvenes, mujeres, con menor IMC y menor consumo diario de alcohol, presentando también menos hipertensión que los del cuartil inferior.
Una mayor adhesión a patrones dietéticos saludables, medidos por AHEI, MED, PDI y hPDI, mostró una asociación modesta con mejores categorías de función olfativa. Los cocientes de probabilidad por cada desviación estándar aumentaron en 1,09, 1,06, 1,05 y 1,07 respectivamente. Por el contrario, el índice uPDI presentó una relación inversa con el olfato.
El consumo elevado de frutas y verduras, así como la ingesta reportada de té, café o bebidas alcohólicas, se vinculó con una mejor identificación de olores. Las puntuaciones altas en todos los índices dietéticos, excepto uPDI, se asociaron con menores probabilidades de hiposmia. Los consumidores de café, té, vino o cerveza mostraron menos riesgo de hiposmia que los no consumidores.
Los autores aclaran que estos hallazgos no establecen que el alcohol mejore el olfato, citando recomendaciones que indican que ningún nivel de consumo es seguro. En análisis de sensibilidad, los resultados fueron similares a los principales, aunque las asociaciones de PDI y MED con la función olfativa, y de hPDI con la hiposmia, perdieron significancia estadística.
El diseño transversal impide determinar si la dieta afecta al olfato o si el deterioro olfativo modifica las elecciones alimentarias. La ingesta fue autoinformada y la prueba midió solo la identificación de olores, no todos los aspectos del sentido. Se requieren estudios longitudinales futuros para elucidar el rol exacto de la dieta en la función olfativa.



