Cultura y sociedad
La infancia media exige también una redefinición parental
La infancia media no solo transforma la identidad del niño, sino que impulsa a los padres a reinterpretar su propia identidad, su rol y sus creencias fundamentales, según evidencia empírica reciente.

El primer día de primer grado de su hija marcó un punto de inflexión silencioso para Erin O’Connor. La niña entró al aula con energía, saludó a sus compañeros y se despidió con un abrazo rápido. No pidió que su madre se quedara. No agarró su mano. Ya no era la niña que necesitaba presencia física constante, sino una estudiante y amiga en formación —y O’Connor, al mismo tiempo, descubrió que su identidad como progenitora también estaba en proceso de reconfiguración.
Cómo cambia el sistema de apego
En la infancia temprana, el apego se organiza en torno a la proximidad física inmediata. Durante la infancia media, ese sistema evoluciona: el objetivo ya no es estar cerca, sino saber que el cuidador está disponible cuando se lo necesita. Esta confianza en la disponibilidad emocional y psicológica —no en la presencia constante— constituye el nuevo núcleo del vínculo (Bowlby, 1988; Kerns & Abtahi, 2017). Aunque los niños requieren menos asistencia minuto a minuto, su necesidad de una figura de apego sigue intacta; simplemente adopta otra forma.
Incluso entre niños de 11 y 12 años, ante situaciones que activan el sistema de apego —como la ansiedad por el primer día de clases o el deseo de llamar a casa tras dos semanas en campamento— los padres siguen siendo la primera opción, por encima de los pares (Seibert & Kerns, 2009). El mundo social se amplía, pero no sustituye al vínculo parental: lo complementa. Además, la relación se vuelve más colaborativa. El niño ya no espera que el adulto resuelva el problema, sino que lo use como recurso para resolverlo él mismo. Los padres siguen funcionando como refugio seguro ante la angustia y como base segura para la exploración —y es esta última función la que adquiere mayor peso en esta etapa, al sostener la disposición del menor a intentar tareas difíciles y a tolerar el fracaso.
La construcción de la identidad infantil
En la infancia media, los niños comienzan a evaluarse de forma diferenciada en distintos dominios: competencia académica, habilidad atlética, aceptación social, apariencia física y conducta. Por primera vez, integran esas evaluaciones en una noción verbalizable de su valor personal general (Harter, 2012). Esta capacidad depende del desarrollo cognitivo que permite comparar simultáneamente su desempeño con el de otros. Al poder clasificarse, muchos niños detectan áreas donde les cuesta alcanzar a sus pares, y sus autoevaluaciones específicas tienden a volverse menos optimistas conforme avanzan la infancia media y tardía (Harter, 2012). Cuando una niña afirma ser rápida corriendo pero no buena dibujando, no busca consuelo: está ejerciendo su trabajo identitario.
La etapa interpretativa de la paternidad
Ellen Galinsky, en su modelo de las seis etapas de la paternidad (1987), denominó a este período la “etapa interpretativa”. Se caracteriza por tres tareas centrales: interpretar el mundo para los hijos, decidir el nivel de implicación y equilibrar las fuerzas opuestas de separación y conexión. Pero la primera tarea que Galinsky señala —y la que O’Connor retoma con insistencia— es la interpretación de uno mismo como padre. En esta fase, los niños exigen, muchas veces por primera vez, que los adultos articulen con claridad qué piensan sobre el esfuerzo, la amistad, la justicia o el logro. Ellos salen a experimentar el mundo y observan si nuestras palabras resisten la prueba de la realidad.
Esta etapa coincide frecuentemente con la madurez adulta. La mitad de la vida implica negociar múltiples roles —laboral, familiar, de cuidado a progenitores mayores, de atención a la propia salud— junto con los cambios físicos y psicológicos propios del envejecimiento (Lachman, 2004). Si bien la cultura popular habla de crisis, la investigación señala con mayor frecuencia un pico de funcionamiento, sensación de control y generatividad. Según Erikson (1963), la tarea central es la generatividad frente a la estagnación: invertir en lo que perdurará más allá de uno mismo. Educar a un niño en edad escolar es, por definición, una labor generativa. Pero los espacios de tiempo que se liberan cuando ya no hay que atender constantemente al cuerpo del menor son horas reales —y lo que se haga con ellas resulta decisivo. Es ahí donde ambas trayectorias evolutivas convergen.
Por qué la identidad parental afecta la del hijo
Existe evidencia empírica que respalda la intuición de que los padres que se sienten firmes en su propia identidad ejercen una paternidad más efectiva. La autoeficacia parental —la percepción subjetiva de competencia en el rol— se vincula sólidamente con prácticas parentales adecuadas y con el ajuste emocional y conductual de los hijos, tanto directa como indirectamente (Jones & Prinz, 2005).
La teoría de la autodeterminación explica cómo esa conexión opera. Un estudio con 154 madres y sus dos hijos en edad primaria halló que aquellas que reportaban mayor satisfacción de sus propias necesidades psicológicas —autonomía, competencia y vinculación— eran percibidas por sus hijos como más favorecedoras de la autonomía. A su vez, ese estilo parental se asoció con una mayor satisfacción de las mismas necesidades en los niños y con interacciones más autonomías-favorecedoras entre hermanos (van der Kaap-Deeder et al., 2015).
Apoyar la autonomía emergente del hijo exige una firmeza particular: la capacidad de adoptar su perspectiva, permitirle intentar algo mal, escuchar sin intervenir cuando dice que no es la mejor lectora de su clase. Esa firmeza brota con más naturalidad desde una identidad parental que no depende enteramente del desempeño del menor. Galinsky ya lo había documentado hace cuatro décadas: el valor del padre no puede descansar en los logros del hijo.
El abrazo en la puerta duró menos de diez segundos. O’Connor lo interpreta como una señal positiva: prueba de que su hija confía en que estará allí a las tres de la tarde —justo lo que significa la “disponibilidad” a los seis años. Lo que no anticipó fue que el crecimiento de su hija le devolvería una tarea propia. Ella está descubriendo quién es. Resulta que O’Connor también lo está haciendo. La conclusión tranquilizadora de décadas de investigación sobre la infancia media es que esas tareas no compiten. Juntas, sus identidades crecerán y se adaptarán en paralelo.
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