Cultura y sociedad
La filósofa Peg O’Connor analiza cómo William James describió el pesimismo como un proceso de contracción progresiva de los sí-mismos material, social y espiritual, culminando en el pánico y el miedo absoluto.

La distinción entre optimismo y pesimismo no radica únicamente en actitudes superficiales frente a la vida, sino en grados profundos de armonía o discordia interna. Según la filósofa Peg O’Connor, los optimistas experimentan una mayor integración entre sus distintos sí-mismos, mientras que los pesimistas viven una fragmentación creciente que afecta su relación consigo mismos, con los demás y con el mundo.
William James (1842–1910) identificó tres dimensiones fundamentales del yo humano: la material, la social y la espiritual. La dimensión material abarca el cuerpo, los familiares, las prendas y los bienes adquiridos con esfuerzo, como una vivienda. La dimensión social se construye a partir de las relaciones reales o imaginadas con otras personas: hijo, amigo, colega, vecino o miembro de una comunidad. Cada vínculo reconocido genera un sí-mismo distinto. La dimensión espiritual, por su parte, alberga las capacidades racionales y emocionales, así como las esperanzas, aspiraciones e intereses que orientan la acción y el sentido personal.
En los optimistas, estas tres dimensiones mantienen una coherencia dinámica. Aunque pueden surgir tensiones puntuales, su conjunto de sí-mismos permanece integrado y unificado. Su impulso espiritual permanece activo, lo que les permite expandirse hacia afuera —hacia los demás— y hacia adentro —en busca de significado, alegría y posibilidad—. Esta apertura les otorga una sensación de continuidad con los demás y con lo que entienden como trascendente o divino. James afirmó que estos sujetos dicen “sí” a la vida, lo que les confiere una cierta flotabilidad psicológica y una protección frente al deslizamiento hacia el pesimismo.
El pesimismo, en cambio, se instala cuando los sí-mismos material, social y espiritual comienzan a contraerse o endurecerse. Un ejemplo ilustrativo es la pérdida de un empleo que constituía un pilar central de la identidad de una persona como hombre, esposo y padre: esa pérdida puede generar desorientación y desanclaje existencial, seguida de amargura y rabia que dificultan reconocer el amor y los vínculos que aún persisten.
Esta contracción se manifiesta como una activación predominante de la función “no”: el pesimista responde con mayor frecuencia con negación ante la alegría, el amor y la convivencia. Sus sí-mismos se dividen profundamente; partes del yo entran en conflicto abierto con otras, llevando a la represión de aspectos indeseados y a la imposición forzada de identidades ajenas a su experiencia real. El sentimiento de estar “desgarrado” —riven— no es simple disonancia cognitiva, sino un ataque corporal y emocional contra sí mismo, incluso con la intención de aniquilar ciertas facetas del propio ser.
En su obra *Las variedades de la experiencia religiosa* (1902), James describió con precisión la escalada del pesimismo como una “enfermedad del mundo”, estructurada en cinco fases progresivas:
Este deterioro se agrava conforme la persona afirma con mayor firmeza y repetición su rechazo a experiencias, posibilidades e incluso a la propia existencia. O’Connor señala que esta secuencia también resulta útil para comprender la evolución de la adicción y otros estados de sufrimiento agudo o crónico.
James mismo atravesó la fase final durante la década de 1870. Llegó a considerar que no había nada en él ni en el mundo capaz de afirmar la vida. La ausencia de puntos de conexión le produjo un aislamiento y un terror profundos, hasta el punto de que lo desconocido de la muerte le pareció preferible al sufrimiento conocido.
Para James, la “enfermedad del mundo” opera en un ciclo vicioso: la contracción puede ser tanto causa como consecuencia del rechazo sistemático a las posibilidades vitales, alterando radicalmente los sí-mismos material, social y espiritual. En ese estado, la función “sí” queda cortocircuitada o inutilizada. No obstante, James logró recuperarla. Su salida del pánico-miedo restableció su capacidad de decir “sí”, y O’Connor anuncia que explorará diversas vías de esa recuperación en futuros textos.



