Salud
Un estudio revela que inhalar aire contaminado durante solo una hora impacta las funciones cerebrales y pulmonares incluso en personas sanas.

Una investigación reciente ha demostrado que respirar aire contaminado durante apenas una hora puede alterar las funciones del cerebro y los pulmones, incluso en individuos sin enfermedades previas.
El aire contaminado, especialmente las partículas finas (PM), se considera uno de los principales factores asociados a problemas de salud graves como el asma y ciertos tipos de cáncer, además de estar vinculado a posibles efectos negativos en las capacidades cognitivas.
En el estudio, un grupo de adultos mayores de 50 años con antecedentes familiares de demencia, aunque sin diagnóstico propio, fue expuesto durante 60 minutos a cinco tipos distintos de aire: aire puro, gas de limoneno (un compuesto con aroma cítrico usado en productos de limpieza), emisiones de diésel, humo de leña y emisiones de cocina.
La media de edad de los participantes fue de 60 años, predominando hombres y personas de piel blanca.
Tras la exposición, los voluntarios descansaron cuatro horas antes de someterse a pruebas que midieron funciones pulmonares, atención, memoria de trabajo, procesamiento emocional, velocidad de respuesta motora y funciones ejecutivas cerebrales.
Los resultados indicaron que el mayor impacto respiratorio correspondió al gas de limoneno, seguido por el humo de leña, las emisiones de diésel y, finalmente, las emisiones de cocina. Se registraron disminuciones leves en la función pulmonar en algunos grupos.
En cuanto al cerebro, las emisiones de diésel tuvieron el efecto más notable en las funciones ejecutivas, que incluyen planificación, concentración y control emocional.
Los investigadores sugieren que ciertos contaminantes, como los óxidos de nitrógeno, podrían afectar el flujo sanguíneo cerebral, lo que repercute en su eficiencia.
Aunque la exposición fue breve, de solo una hora, los expertos advierten que la repetición frecuente de esta situación podría derivar en problemas de salud más graves, incluyendo posibles alteraciones cognitivas.
El doctor Thomas Faherty, investigador principal y postdoctorado en la Universidad de Birmingham, señaló que el estudio resalta la importancia de la relación entre pulmón y cerebro en la respuesta a la contaminación atmosférica.
Agregó que la posibilidad de exponer a los participantes de manera segura a una mezcla realista de contaminantes permitió observar cómo varía el impacto según el tipo y la composición química del contaminante.
Las partículas en suspensión provienen de diversas fuentes como emisiones vehiculares, plantas de energía, incendios forestales y combustión de combustibles. Su pequeño tamaño les permite penetrar profundamente en los pulmones e incluso ingresar al torrente sanguíneo.
Una vez dentro del organismo, estas partículas pueden provocar inflamación, afectar los vasos sanguíneos, elevar la presión arterial y aumentar la acumulación de depósitos en las arterias, además de causar daño celular por estrés oxidativo.
Estudios previos han vinculado las partículas finas (PM2.5) con un mayor riesgo de demencia. Una investigación mostró que un ligero aumento en su concentración podría incrementar en un 9% el riesgo de desarrollar la enfermedad de Alzheimer.
Los autores del estudio subrayan la necesidad de continuar investigando los efectos a largo plazo de la contaminación del aire en sus distintas formas para mejorar la comprensión de su impacto en la salud pública y diseñar políticas más efectivas que protejan a las poblaciones vulnerables.



