Salud
Las patatas que empiezan a germinar acumulan toxinas peligrosas que resisten cualquier cocción. Expertos explican los riesgos y cómo almacenarlas.

Cuando una patata comienza a brotar, su interior se convierte en un reservorio de compuestos tóxicos que ni el horno ni la sartén pueden neutralizar. La planta produce de forma natural unas sustancias llamadas glicoalcaloides como mecanismo de defensa contra hongos e insectos. En un tubérculo sano, esos niveles son inofensivos, pero en cuanto aparecen los brotes o manchas verdes, la concentración se dispara hasta rangos peligrosos para el consumo humano.
Estos venenos se acumulan sobre todo en la piel, las zonas verdes y las partes dañadas del tubérculo. Pelar la patata y retirar los brotes muy pequeños puede reducir la carga tóxica entre un 30% y un 80%. Sin embargo, si los brotes son grandes o la carne interior ya ha adquirido un tono verdoso, significa que las toxinas han invadido toda la pieza. En ese caso, la patata no es apta para el consumo y debe desecharse de inmediato, especialmente si está blanda, huele a moho o desprende un fuerte olor a tierra.
Ingerir una cantidad elevada de estos compuestos provoca problemas digestivos que pueden aparecer en cuestión de horas: calambres abdominales, sabor amargo en la boca, náuseas y vómitos. En los casos más graves, el efecto se extiende al sistema nervioso, con alucinaciones, mareos e ictericia. Aunque es muy raro, dosis extremadamente altas pueden desencadenar coma o insuficiencia cardíaca.
Los especialistas recomiendan comprar cantidades pequeñas y guardarlas en un lugar oscuro, fresco y bien ventilado, lejos de la luz solar directa y del calor de los electrodomésticos. La nevera no es un sitio adecuado para las patatas crudas. En cambio, unas bolsas de plástico perforadas que permitan la circulación del aire alargan su vida útil y mantienen los niveles naturales de toxinas dentro de lo seguro.