Cultura y sociedad
¿Qué permite que sobrevivientes de trauma “salgan adelante”?
Kaytee Gillis, trabajadora social clínica, reflexiona sobre cómo la capacidad de recuperarse tras un infancia traumática no depende solo de la fuerza personal, sino de apoyo, acceso a recursos y privilegios estructurales.

La expresión “saliste adelante” aplicada a quienes superaron una infancia marcada por el trauma suele funcionar como un juicio implícito: se asume que su trayectoria era predeciblemente negativa y que su bienestar actual constituye una excepción moralmente notable. Kaytee Gillis, trabajadora social clínica certificada (LCSW), explora esta dinámica en un ensayo personal publicado el 18 de septiembre de 2026.
Gillis relata una conversación durante su reunión de exalumnos, veinte años después de graduarse. Una compañera le dijo: “Realmente has cambiado, Kaytee. Saliste adelante”. Tras una pausa, añadió: “Quiero decir que deberías haber sido una estadística. Ibas claramente por ese camino. Es extraordinario que hayas salido tan bien”. La mujer se disculpó inmediatamente, reconociendo la crudeza de sus palabras —una observación que, según Gillis, revelaba una percepción compartida pero rara vez verbalizada.
Esa frase —“saliste adelante”— ha resonado repetidamente en su vida. La escucha de familiares que conocen su historia infantil, incluida su madre, quien busca justificar por qué no la llevó a terapia en la infancia pese a necesitarla urgentemente. A veces se pronuncia con sorpresa; otras, con una franqueza que desnuda las expectativas colectivas: no se esperaba que sobreviviera intacta, ni mucho menos que construyera una vida estable.
Lo incómodo no radica únicamente en el juicio, sino en la conciencia de que otros —compañeros de clase, adultos cercanos— percibían con claridad el deterioro de su entorno y su malestar, aun sin intervenir. Gillis se pregunta cuántos profesores, vecinos, familiares o amigos de la familia observaron la disfunción, reconocieron que algo estaba profundamente mal y, sin embargo, optaron por no actuar, limitándose a pensar “qué lástima” antes de seguir con sus vidas. Algunos de esos mismos testigos ahora le dicen: “Saliste adelante”.
Detrás de ese cumplido, señala Gillis, late una pregunta no formulada: si ustedes pudieron ver lo suficiente entonces como para sorprenderse hoy, ¿qué vieron exactamente? ¿Y por qué nadie intervino?
El ensayo cuestiona la narrativa dominante que reduce la recuperación al mérito individual: algunos toman buenas decisiones, otros no; unos son resilientes, otros no. En cambio, Gillis sostiene que la resiliencia frecuentemente es un privilegio. No todos cuentan con el espacio emocional para transformar el dolor en sanación. No todos logran distanciarse lo suficiente de sus estrategias de afrontamiento para examinarlas con claridad. No todos reciben una segunda oportunidad. Muchos permanecen atrapados en conductas o sustancias que, aunque alivian momentáneamente el sufrimiento, los desvían hacia trayectorias más dañinas —y Gillis enfatiza que no los juzga por ello.
Cuando alguien se convierte en una “estadística”, la sociedad tiende a buscar una falla individual. Pero la supervivencia rara vez obedece a esa simplicidad. Gillis se ha preguntado reiteradamente qué la diferenció de pares que no lograron salir adelante. ¿Fueron sus propias decisiones? ¿Mayor fortaleza, disciplina o motivación? Ella descarta esas explicaciones. ¿Intervención divina? ¿Suerte, momento oportuno, oportunidades concretas? No lo sabe. Lo que sí reconoce es que hubo privilegio en que ciertas puertas estuvieran abiertas cuando finalmente llamó a ellas.
El texto concluye con una llamada a la comprensión: se requiere mayor empatía hacia quienes sufren, en todas sus formas visibles e invisibles. No todos acceden a los mismos recursos ni a las mismas oportunidades para reiniciar. Algunos cargan las consecuencias del trauma de maneras más evidentes y menos toleradas socialmente que otros. Romper el ciclo implica, ante todo, rechazar el juicio hacia quienes han encontrado formas distintas de sobrevivir.
La dimensión invisible del sufrimiento
El ensayo subraya que el daño causado por el trauma infantil no siempre deja marcas físicas visibles. Gillis lo denomina “moretones invisibles”: heridas psicológicas que no sangran, pero que moldean la percepción del mundo, la regulación emocional y las relaciones interpersonales. Estas lesiones no aparecen en radiografías ni análisis clínicos, pero condicionan profundamente la capacidad de una persona para acceder a la salud mental, la educación o el empleo estable.
El papel del entorno en la recuperación
Gillis cita investigaciones que destacan que la resiliencia no es una característica fija del individuo, sino el resultado de interacciones complejas entre factores personales y contextuales. El libro *Ordinary magic: Resilience in development*, de Ann S. Masten (2014), y los trabajos del Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard refuerzan esta idea: la presencia constante de al menos un adulto confiable, el acceso a servicios de salud mental tempranos y la estabilidad escolar son elementos determinantes —no opcionales— en la capacidad de una persona para procesar y superar experiencias adversas.
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